La hora del mediodía aquí es como una droga. La luz es psicodélica, el seco aire eléctrico narcótico. Para mí el desierto es estimulante, excitante, exigente; no siento ninguna tentación de dormir o de relajarme en sueños ocultos, sino más bien el efecto opuesto que agudiza y potencia la visión, el tacto, el oído, el gusto y el olfato. Cada piedra, cada plata, cada grano de arena existe en sí mismo y para sí mismo con una claridad que ninguna sugerencia de un reino diferente oscurece. Claritas, integritas, veritas. Solo la luz del sol mantiene juntas las cosas. La del mediodía es la hora crucial: el desierto se revela desnuda y cruelmente sin más significado que su propia existencia. (…) la vida se ha detenido, al menos durante una hora. En este lugar olvidado el árbol y yo esperamos en la costa del tiempo, temporalemente libres de la fuerza del movimiento y del proceso del impulso hacia …¿qué ? ¿Algo llamado futuro? Tengo libertad para (y me veo forzado a) comtemplar el mundo que subyace a la vida, la lucha, el pensamiento, las ideas, el laberinto humano de la esperanza y desesperación.
Abbey percibe en seguida que en este caos geológico que es el desierto hay un método operando, perseverante: cada surco en la roca lleva a un canal de agua; cada canal a una zanja y una cañada; cada curso a un fondo de algún cañón que a su vez lleva al río Colorado. Nubes oscuras corren arriba cruzando los campos de las estrellas. Edward las contempla junto a la caravana que será su casa durante casi un año. Ubicada en un promontorio, junto a un esplendoroso enebro, será el puesto de vigilancia del guarda forestal Abbey: gélida en invierno, horneante en verano; será esa cabaña un improvisado templo de silencio donde Edward escribirá una carta para la posteridad de un mundo, el del desierto, atacado por la voracidad del turismo mendaz. Flota en el oeste un planeta amarillo, Venus. Solo se oye el crepitar del fuego. Pies descalzos, una cerveza.
¿Qué es lo que diferencia al Desierto, por su atractivo espiritual, de otros paisajes? El Desierto yace desnudo, exiguo, austero, con una inutilidad tan sobrecogedora e útil que invita como ningún otro lugar a la máxima contemplación. Edward Abbey, el iconoclasta, el poeta, recorrió, como guarda forestal, durante meses los cañones al sureste de Utah que componen el Monumento nacional de los Arcos. Buscó el corazón del desierto para convencerse de que el desierto no tiene corazón, que este enigma es una ilusión creada por la exageración de la conciencia humana desplazada. El desierto en el que vivió Abbey empezaba a desaparecer, engullido por los planes del gobierno en favor del turismo industrial y sus carreteras y sus infraestructuras. No lo busques, no existe. El testimonio recogido en su libro Solitario del desierto, editado ahora por Capitán Swing, es pues no una guía, ni un diario como los que escribiera Thoreau, sino una elegía.
Hay algo en el desierto que la sensibilidad humana no puede asimilar
transparente e intangible como la luz del sol
cañones de paredes rojas, cordilleras de humos.
Huellas. Algún lobo. Serpientes que visitan con asiduidad a Abbey en busca de los ratones que habitan en la cabaña esperando algún festín. La contemplación es acción. Nuestro guarda forestal vacía diariamente las bolsas de basura de los merenderos, orienta a los visitantes del parque que preguntan «cuánto dura la visita» de Los Cañones. El visitante motorizado, con familia a cuestas, en busca de “atracciones”, estaciones de servicio, descuentos, ofertas, menús, souvenirs. El gobierno, planificando accesos para rentabilizar los parques, creando “atracciones”, estaciones de servicio, hoteles. Los Cañones, ancestrales e indómitas tierras de los indios navajos en cuyas ya exiguas cavernas quedan restos precolombinos visitados nocturnamente por liebres, coyotes, águilas, y halcones.
A decenas kilómetros de las tierras de Los Cañones, la reserva navaja. Cuando no baja a Moab, pueblo mormón, Abbey visita la reserva india de Havasu en busca de provisiones. Los navajos han obtenido un considerable beneficio de los modestos recursos minerales que se hallan en su tierra e interesan al hombre blanco: petróleo, uranio, carbón y gas natural. Los beneficios sustentan a una pequeña clase media de empleados. También han creado la policía tribal, con sus uniformes, armas, coches patrulla. Su población aumenta sin parar. Así aparecen las ayudas, el asistente social, los automóviles abandonados delante de los hogares, el televisor embargado, los adolescentes confusos y las botellas de alcohol en las bolsas de basura de las cocinas. Los indios se desplazan a los propios extrarradios de la reserva, donde se crean auténticas favelas. Se proponen soluciones que hacen girar la rueda: más industrialización, o más turismo, o más ayuda federal a cambio de las dos primeras.
Abbey da fe de un mundo y un lugar que se quiebra:
Cuando revelé mis pensamientos sobre el desierto una noche a un visitante, fui acusado de estar en contra de la civilización, de la ciencia, de la humanidad. Al calor de las brasas de una higuera damos vueltas al asunto toda la noche. Yo descubrí con su ayuda que no era opuesto a la humanidad, sino a la centralidad de lo humano; no a la ciencia, sino a la adoración de la técnica y la tecnología, y a esa perversión de la ciencia llamada cientismo; y no a la civilización sino a la cultura.
Civilización es la fuerza de la historia humana; cultura es esa masa inerte de instituciones y organizaciones que se acumulan alrededor y tienden a debilitar el avance de la vida
Civilización es Giardono Bruno afrontando la muerte en la hoguera; cultura es el cardenal Belarmino, tras diez años de inquisición, enviando a la muerte a Bruno en Campo di Fiori;
Civilización es Sarte; cultura es Cocteau
Civilización es ayuda mutua y autodefensa; cultura es el juez, el código y las fuerzas de la ley y el orden;
Civilización es insurrección, sublevación, revolución; cultura es la guerra del Estado contra Estado, o de máquinas contra personas como en Hungría y Vietnam
Civilización es Jesús convirtiendo el agua en vino; cultura es Jesús caminando sobre las aguas
Civilización es un joven con un cóctel molotov en la mano; cultura es el tanque soviético o el poli de Los Angeles que lo mata de un tiro
Civilización es el río que corre libre; cultura, 592.000 toneladas de cemento
La civilización fluye; la cultura espesa y coagula, como sangre cansada, enferma, paralizada.
El sol está tocando las desgastadas altiplanicies del oeste. Parte de los peñascos parecen hincharse un poco, expandirse por un instante y luego caer (bruscamente) por el borde. Contemplación. Abbey vaga por los recodos sin tiempo, de días ambiguos. Nativo durante 6 meses. Vagabundo durante lunas.
Por la mañana Ralph y yo recogemos nuestras cosas, cargamos las barcas y echamos un último vistazo prolongado al escenario que sabemos que nunca vamos a volver a ver como lo vemos ahora: el gran río Colorado, salvaje y libre, corriendo por la base de los acantilados, rugiendo bajo la desembocadura del Cañón prohibido; Navajo Point y el precipicio de la altiplanicie de Kaiparowts a muchos cientos de metros por encima, más allá de las paredes interiores del cañón; y en el este hileras de cúmulos arrastrados por la tormenta amontonados arriba unos sobre otros, ribeteados de oro y ardiendo al amanecer.
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Otros libros de Edward Abbey:
La Banda de la tenaza, Editorial Berenice.
¡Hayduke vive!., Editorial Berenice.


