
Recuerda Teresa Cremisi que, como tantas oficinas de correos, sedes bancarias y vestuarios con taquillas en Europa, la central de la mensajería en Mazyr, Bielorrusia, dispone de cámaras de vigilancia. El 2 de abril grabaron un continuo desfile de soldados enviando paquetes a sus casas. Hicieron cola con paciencia. Rellenando formularios con las direcciones, cumplimentaron con denuedo el remitente y el peso total de cada caja, y al terminar, dieron su número de teléfono.
Yevgueni K. envió a su casa cuatrocientos cincuenta kilos de material, entre ellos, altavoces, una mesa, una tienda de campaña. Artyom L., doscientos cincuenta y cinco kilos de herramientas, un televisor, una silla. Nicola S., ciento cuarenta kilos de objetos diversos y un aparato de aire acondicionado. Roman Z., ciento treinta kilos de ropa y un televisor. Hay muchos electrodomésticos, ropa de hogar, baterías de cocina. Algunas rarezas: Nicolai S. hizo sitio para material de pesca con caña. Las direcciones corresponden a sus lugares de origen, sobre todo Rubtsovsk, pero también Novosibirsk, Chitá, Omak, ciudades situadas en la Siberia occidental.
Estas imágenes fueron volcadas en la web de Hajun Project, la oposición bielorrusa, que lleva a cabo un inventario del pillaje y saqueo de los territorios ucranianos de Bucha, Irpín, Gostómel. Teresa Cremisi define a esos hombres cumpliendo con lo que podríamos llamar un deber filial: envían regalos a sus madres, padres, hermanas pequeñas o esposas. Que nadie, añade, diga que esos hombres no tienen sentido de la familia.
La escena y su significado son el positivado de las fotografías de hombres y mujeres yacientes sobre las calles de Bucha, masacrados mientras salían de sus casas, amordazados y ejecutados en parejas o en minúsculos grupos en callejuelas utilizadas al uso; hacinados en la gran fosa común que se descubriría en las afueras una vez las tropas ucranianas entraron en la ciudad. Cremesi termina: “estas tristes reflexiones resurgen cuando miramos las caras de los saqueadores con sus paquetes, de pie uno detrás de otro, en las oficinas de la mensajería. Los que envían ropa de cama y microondas a sus mamás, a sus novias. Sentimos una mezcla de incomprensión y horror. Nos decimos que la fachada de la civilización es tenue. Se agrieta en un mírame y no me toques”
Teresa Cremisi recuerda la historia del batallón 101 de la policía alemana enviada a Polonia en 1941, que relata el historiador Christopher Browning en un libro titulado Aquellos hombres grises. (Edhasa, 2011). Quinientos hombres que no debieran haberse convertido en asesinos, fueron enviados a Polonia para llevar a cabo operaciones “de limpieza” en el gueto de Józefow. Tras enterarse de su misión, el comandante Trapp, aún compungido, aceptó llevarla a cabo. Se trataba de filtrar a los hombres útiles y eliminar a mujeres, niños y ancianos, con el arma de servicio. El comandante comunicó a los 500 soldados que dejaría sin castigo a quien renunciara a llevar a cabo la operación y diera un paso al frente. Diez soldados dieron un paso al frente.
La prosa luminosa, y en apariencia parca de Teresa Cremisi, es prosaica; se asienta en el vaivén de la sabiduría clásica, griega, y reivindica de ella todo lo que florece en Europa después de mirar con un particular sentido común a nuestra ruidosa y exasperada era posmoderna.

Teresa Cremisi, como una ortodoncista a la encía, adentra su irónico bisturí en nuestro sistema nervioso cultural a través de escenas cotidianas o sucesos anecdóticos. Es editora de la prestigiosa Adelphi. Son 33 artículos reunidos en esta magnífica selección, traducidos por Encarna Castejón en Crónicas del desorden y publicado por Anagrama. Meciéndose con una destreza honesta hasta nuestro hoy y ahora. Recupera los dilemas éticos con los que nos enfrontamos, sacando en cada artículo pequeñas costuras de nuestra realidad cotidiana. A las pocas horas de la muerte de Nucio Ordine, Cremesi se pregunta por las virtudes de antaño: los clásicos estuvieron de acuerdo en que “un hombre libre debía apoyarse en cuatro virtudes: prudencia, justicia, fuerza y templanza. Cito a Aristóteles: ”gracias a ellas el hombre se vuelve superior al destino, refuerza su libertad, ve multiplicarse las posibilidades de acción.
La prudencia era la virtud principal, no tenía esa connotación timorata que tiene ahora. Permitía una correcta apreciación de las fuerzas en juego, una visión clara de los peligros; era la cualidad más importante de un político, la sabiduría llevada a la práctica. En esa época, el mundo antiguo todavía era joven. El cielo sobre el Partenón era límpido, soplaba un viento tibio y venturoso, la civilización occidental acababa de inventar la democracia”.
Crónicas del desorden. Teresa Cremisi. Anagrama 2023. 273 páginas. 18,90 euros