No nos cuenta el origen del espectáculo, pero sí el principio más cercano a nuestros días. Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill – Errata Naturae- parte de las nuevas formas de entretenimiento, de las nuevas manifestaciones de júbilo. El Wild West Show, el espectáculo del salvaje oeste.
Así es el público. Hay que inventar cosas sin cesar para que exclamen «ah» y «oh!» en la nueva forma de entretenimiento de masas. Buffalo Bill, el antiguo ranger convertido en farandulero, iba a revolucionar el arte del entretenimiento. En su puesta en escena llegaron a asistir cada día 40.000 personas; la presentó ante la misma reina Victoria; había echado a galopar a cientos de caballos sobre cintas rodantes bajo la torre Eiffel. En un principio todas sus representaciones empezaban de la misma manera: un jinete daba la vuelta a la pista hondeando una bandera de su país, mientras una banda de cowboys tocaba the star spangled banner – que se convertiría en el himno de los Estados Unidos -.La historia se postra ante el espectáculo.
Todo empezó diez años antes. Estamos en Chicago, durante la Exposición Universal de 1893. Hay veintiún millones de visitantes. La gente se pasea por los balcones de madera del edificio Idaho, admira los milagros de la tecnología. Pero al mayor atracción de la Exposición, lo que más expectadores congrega es la representación del salvaje oeste, que se ha transformado en una enorme empresa. Hay dos representaciones diarias para deciocho mil localidades. Los caballos galopan sobre un fondo de gigantescas telas pintadas. No es ya una vaga sucesión de rodeos y pistoleros, sino una verdadera puesta en escena de la conquista del oeste, falsa pero bonita. Mientras, la Exposición universal celebra la Revolución Industral.
Había que deslumbrar al público con un indicio de sufrimiento y muerte, había que conseguir que los figurantes emitiesen un grito y se desplomasen en un charco de sangre. Había que estremecer. Y para atraer al público, para provocarle ese deseo de acudir en masa a ver el espectáculo, había que contarle una historia. Esos habitantes de las ciudades estadounidenses querían atravesar en su imaginación las grandes llanuras, cruzar los cañones del Colorado, y conocer la vida de los pioneros, la presencia de los indios, de indios de verdad. Y en el escenario se representaba la batalla de Little Big Hory, la masacre de Wounded Knee.
Antes de que el cine nos trajera su visión de la histria, y después de que el teatro con las obras de Shakespeare y también con las novelas de Tolstoi o Dumas expusieran lo que habría pasado «desde versiones diferentes», el príncipe del entretenimiento Billy Cody había visto venir la gran máquina del espectáculo y recreaba batallas, suspense, tipos que caen muertos y se vuelven a levantar. Todo, con el maniqueismo de los blancos buenos que exterminan a los indígenas en nombre del progreso de una civilización que necesita pimienta, carbón, estaño, oro, y de unos pieles rojas crueles, que detrás suyo sólo dejan cadáveres, ruinas humeantes.
Es muy dificil imaginar esta parte de la historia estadounidense sin recurrir al imaginario cinematográfico. Hay que recordar que hasta 1950 con Flecha Rota no se filmó el primer western pro indio de Hollywood; así como que la figura de Buffalo Bill no fue seriamente cuestionada hasta 1976 con un filme de Robert Altman.
Gracias a una perfecta confluencia del hombre y su tiempo, Buffalo Bill fue el inventor del show business. Nosotros somos el público. Lo digo porque Eric Vuillard es escritor y cineasta. Asociación íntima y prolongada que huye del boato y el canto al heroismo y nos presenta, ahondando en la mente de los personajes y eleborando un intenso retrato, una más plausible historia de Billy Cody que Cecil B. De Mille y Gary Cooper.