Los ojos del mundo se fijaron ese viernes 30 de septiembre en aquel féretro rodeado por apenas un puñado de líderes y monarcas.Nunca una despedida fue el signo de tanta continuidad y de tanto pasado. La muerte de un hombre puede llevarse en un inmenso silencio la muerte de tantos miles a sus espaldas. Pero este hombre al que rinden homenaje es poco común. Esa mañana tiene también poco de común: una luz más espesa que el propio sol, un aire cetrino que no consigue llevarse toda la sensación marcial y descarnada de cada secuencia.
Hace un calor mercurio como el de ese viernes, pero es un 12 de junio de 1920. Sabbat. Un día poco común. Ha nacido la Haganah, organización terrorista de colonos dispuestos a imponer en Palestina el merecido paraíso de los judíos del mundo entero. Es un fin poco común. Sí lo son, en cambio, os medios para llevarlo a cabo: desde la quema de cosechas a los palestinos a atentados. Entre los hombres poco comunes que decidirán integrar la Haganah ese sabbat están los que serían unos padres para Simón: Ben Gurion, Isaac Rabin, otros tantos. Uno de aquellos dejó escrito: «es tan obvio que Palestina pertenece a los judíos, como que Inglaterra es de los ingleses o Egipto de los egipcios. Por tanto debemos deportar a los palestinos». Simón se integraría en la Haganah con 24 años. Simón, delicado, desde niño, con coraza de erizo, fiel al axioma de sus predecesores. Simón, el niño que llegó a Palestina con 11 años, tan diferente en la forja de su destino y el de todos los niños de su edad que vivían en Palestina. Simón el que decidiría en tan breve tiempo el destino de las vidas de todos los palestinos
Estoy sentada frente a él en el recargado salón de esta casa en las afueras de Tel Aviv. Sentado en un sillón crema junto a una mesita con fotografías de niños, me mira como si fuera su nieta. A pesar de su evidente senectud, conserva Simón esa mirada dulce, ese timbre aflautado que hace difícil ver en él a un hombre que ha dado la orden de matar en tantas ocasiones.
– Es cuestión de tomarlo todo en su perspectiva.
El salón está lleno de detalles, sin llegar a lo barroco, y choca que Simón se muestre tan esquivo con los detalles de la historia. Ha sido toda su vida una persona cultivada. En los versos de muchos de sus poemas discurre como si fuera un viento pasajero una búsqueda de los valores eternos en los que él creció. Son poemas sin contexto, como si Simón supiera en su vivo interior que no vive en el lugar de su patria y que por eso su tierra no es la tierra que pisa.
– Israel es la tierra aún no fallida de la convivencia. Se puede intentar.
Me dice saliendo al paso de mis pensamientos en alto. Es un eslogan tantas veces fracasado, le digo. Por qué mejor no hablar del lugar de los otros.
– No ha sido posible una paz duradera, aunque estamos condenados a crearla con compromisos.
Y tengo que ver a ese joven Simon de 24 años adquiriendo el compromiso de integrar un grupo terrorista hace 60 años. Y veo ya a un más que entrado en años Simón dirigiendo el ejército israelí interviniendo en los campos hacinados de palestinos desplazados en su propia tierra.
Las aguas frente a la costa libanesa tienen un tono ocre ese 12 de marzo de 1976. El todo poderoso Simon se encuentra a bordo de una lancha lanza misiles del ejército israelí. A bordo también están los enviados de la sanguinaria milicia falangista controlada por los despiadados Gemayel. Simón acuerda con ellos ese día tan común una colabaración fructífera para ambos: armas para las falanges, supresión. El fruto cae al de 5 meses, con las matanzas en el campo Quarantine, en el campo de Tall al-Za´tar, donde perecieron más de 2.500 refugiados.
Veo a esos cadáveres pudriéndose al sol de agosto mientras me percato de la piscina en el exterior custodiada por un poco discreto guardaespaldas. Simón, el dúctil, el abnegado y fiel apostol del axioma de la Haragah creó 40 años después toda una doctrina: limpiar los campos de palestinos en Líbano. Ariel Sharon repetiría el ensayo de Simón participando en 1982 también con Bachir Gemayel en la matanza en los campos de Chabra y Chatila que las Naciones Unidas catalogaría como crimen contra la humanidad. El peso que soportan las bolsas de los ojos de Simón es muy grande. Su mirada cansada mantiene una apariencia pétrea.
– No es fácil estar al frente de tan altas responsabilidades, como es la legítima defensa del pueblo de Israel y al mismo tiempo garantizar un equilibrio con las facciones palestinas, créame.
Noches en vela, una vida dedicada a una misión. Simón interregna lo insondable y lo transforma en axioma: la siempre referida seguridad de Israel. El sufrimiento, el destierro colosal de siglos, el recogimiento en un belén de la natividad hebrea. Todo ello es una muralla en cuyo exterior apenas existen sombras. En el interior de la atalaya hay espacio para la amada poesía, la música, la sensibilidad más afinada.
– Todos los lazos que tenemos con Europa, y no digamos con la península ibérica. Venimos de una historia común.
¿Piensa Simón en lo que hay fuera de la atalaya israelí en Palestina? Sé que sí. A diario. Simón no piensa en el pasado, en 1976, en 1982, en 1987, en 2009, en 2014. No le gusta hablar de la muerte, excepto cuando se trata de recordar a los suyos. Le gusta ser reconocido como «paloma».
– En 1992 intentamos un acuerdo que tenía buenas bases, pero no ha sido posible.
Simón expulsa las responsabilidades a los barrios ajenos de la generalidad. ¿piensa en los muertos palestinos desde su expulsión en 1948? Se agita en su sillón, incluso su cuerpo parece empeñecer un poco más en ese niki azul celeste y el pantalon crema a juego con el sillón. ¿No hay una rueda de molino de fechas y matanzas cíclicas que a la postre desquiciarán al propio pueblo israelí? Es una pregunta estúpida, y lo sé nada más que sale de mi boca. Simón sabe que yo sé. Y yo sé que el sabe. Una mosca lleva unos minutos irrumpiendo nuestro poco espacio. Simón ha sido paciente. Mirándome como a una nieta ha aplastado a esa mosca cuando se posaba junto a una fotografía en la mesita. Nuestro encuentro había terminado. Pero no pude reprimirme
– ¿No se arrepiente de nada?
– De no haber hecho más.
¿Por quien?
– Por los nuestros
Y miré la mosca aplastada en la mesita antes de despedirme.
Szymon Persky
