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Un intelectual muy incómodo

Valentine Badiu 5 febrero, 2018     Comentarios cerrados    

Piergiorgio Bellocchio es un intelectual que lleva más de veinte años sin encontrar editor. No le preocupa a estas alturas de su vida. Tampoco le importó que desde los años 60 en adelante fuera un maldito para izquierdas, derechas y centros. A contracorriente de la corrección táctica, Bellocchio era un hombre que pensaba al margen de la industria cultural. Y siempre se opuso al consenso intelectual. Se puede decir, como resumen los editores de Ediciones El Salmón que se encontró bien a gusto «de la parte equivocada». Su agudeza moral a la hora de mirar la Italia de su tiempo está perfectamente compilada en la selección de artículos ahora editados en español bajo el esclarecedor título de De la parte equivocada. Limitar el deshonor.

«Limitar el deshonor. Un objetivo que hace veinte años habría considerado repugnante y absurdo, porque el honor y el deshonor no son cosas que puedan medirse. […] Pero cuando era joven no podía concebir una derrota de estas proporciones. Por aquel entonces, lo peor que podía imaginar era la derrota política a manos de la contrarrevolución, que se manifestaba en la represión que, por despiadada que fuera (o precisamente por ello), garantizaba a los vencidos el honor del exilio, la cárcel o, mejor aún, la gloria del patíbulo. El destino ha sido ridículo […] Nuestros tiempos son menos dramáticos, menos directamente trágicos, aunque más desesperantes. Terror y miseria ahora pueden llamarse consenso y bienestar»

Escrito en junio de 1985, Bellocchio parece hablar de nuestros tiempos. Del amargo sentido de la derrota constante acompañada de un hálito de dignidad.

En otras palabras: después de haber encajado treinta o cuarenta golpes, te pones a resguardo en una esquina o en un rincón, haciéndote el muerto, con el fin de evitar recibir más. Después asomas la cabeza el tiempo suficiente para recibir otros siete u ocho. Entonces te revuelves: paras un golpe o dos y devuelves a su vez dos tres, algo que el mejor de los casos suscita un poco de curiosidad y en el peor reprobación. Sirve, en todo caso, para devolverte un poco de respeto por tí mismo, de forma que ya no sientes los golpes que sigen cayéndote encima. Ganas por así decirlo, un poco de tiempo. Y vuelta a empezar. Esto es lo que yo entiendo por «limitar el deshonor».

El compendio de los primeros ensayos de Bellocchio muestran su lucha constante recibiendo golpes y devolviéndolos. Sus artículos reunidos en este libro son una especie de diario donde lo cotidiano es el campo de batalla. No queda lucha ni enemigo por diseccionar: la progresía locuaz, la izquierda rampante, el terrorismo redentor alucinado, el poder, los predicadores y tahúres culturales, el estado parasitario, la clase media italiana, la técnica dominadora… y alguna bocanada libertadora de Thoreau. Bellocchio se pone de la «parte equivocada» como diría Bertolt Brecht, «a falta de otro sitio en que ponernos».

En los sagaces y breves apuntes de Bellocchio hay una contumaz crítica al modernismo de hormigón agujereado en la Italia de principios de los 80. Es la misma Italia que vive hoy de su mortaja cultural.Y para sospresa mayúscula, puede decirse que la descripción que hace Bellocchio de aquella Italia es la actual de todos los países del mediterráneo y de otras latitudes absorbidas por la victoria «pacífica» y «consensuada» del consumo de toda clase de banalidades culturales. Enemigo de los lugares comunes, incluso y en primer lugar de de los de la ortodoxia izquierdista, Bellocchio no cae en el dramatismo desesperante. Hay en su lúcida derrota una burla a toda la impostura rodeante, por la que se cuela una alegria de vivir que aún sobrevive al totalitarismo cotidiano. Bellocchio no huye hedonistamente a ninguna comuna imaginaria: combate a diestra y siniestra la decadencia impuesta, la administración creciente y normalizada de los seres humanos en nombre de un progresismo que sostienen izquierdas y derechas.

Pese a él mismo es un intelectual sin igual. Un cero a la izquierda, como diría él mismo, pero un cero muy necesario.

 

 

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Autor:  Valentine Badiu

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