Matías Borja es de profesión apagahoras. Vive en la calle y se dedica a hacer que los días se acorten o desaparezcan en su mente. Cerca de la plaza mayor de Madrid posa con esperpénticos atuendos horas y horas. Todo ha cobrado una realidad diferente para Matías: las esporádicas monedas que hacen caer los turistas le parecen graznidos de gorriones; la lluvia airecillo pasajero; y el extremo calor de estos días de septiembre, un ligero dolor como de garganta que se le pasa de inmediato con solo pensar en el gélido frio que le llegará hasta los huesos en el otoño que ya asoma. Matías Borja a veces recita poemas, coplillas, hace de titiritero con su propio personaje que no es otro que él mismo, envestido en su traje de torero o en su disfraz raído de mitad Quevedo mitad Cervantes. Por las noches recorre alguna tasca ofrenciendo cantares. Matías es un meritorio y oscuro cantaor, sus jequíos parecen aglutinar la paciencia mórbida de los dias. La controversia abruma: no sé si el paisaje de esta plaza mayor, con sus mendigos durmiendo en los soportales, forma parte del decorado que ha creado Matías, o Matías es parte del decorado de la plaza y los alrededores de este Madrid gris España. No existe paradoja alguna. Sino una armonía a nada que me tomo el tiempo de observar durante dos horas a Matías. Vivir es un arte contra el sopor de la subsistencia. El es un titiritero libre en una ciudad donde los titiriteros pueden acabar con sus huesos en la cárcel.
– Esos sí que son pobres. Yo huyo de la policía; soy siempre más rápido que ellos. Tuvieron que correr, digo yo, los titiriteros esos
Se rala Mátías el pelo cano y largo y asoman sus dientes aún blancos en una mueca que hace aflorar en su tez morena cientos de surcos de años a la intemperie vital. Sí, pero los titiriteros detenidos lo fueron por una obra infantil. Pues más a mi favor, contesta, si había niños es más facil huir por pies de la policía. Pero supongo que huir no solo de la policía, sino del ayuntamiento, de la prensa, de los fiscales y de medio país enfervecido es ya más difícil. Matías Borja insiste que él no se dejaría coger, aunque una vez hace años pagó una multa. Era poca cosa, por jondear en una obrilla junto a una tasca a unas manzanas de aquí a altas horas de la noche. Aquí no vive Matías, en torno a la plaza mayor: son inhóspitas estas calles, que se valoran en un potosí, donde viven jerifaltes de la sociedad, concejales, gente bien.
– Mal fario tienen, que bien lo sé yo
Unas noches las pasa debajo de un puente a un par de kilómetros que no me quiere especifar. Hay exceso de puentes y autovías en este Madrid de serpentinas del hormigón y el asfalto, sonríe, soltando una verdad de las suyas. Otras noches, depende del día, arreciará en algún albergue que se tercie, en algún cuartucho de cama caliente que se paga a 6 euros.
Matías Borja no conoce a los titiriteros detenidos, encarcelados durante meses y que han sido absueltos hace unas horas después de un sainete que se convirtió en serie nacional. Al venir algún grupo de turistas, Matías hace girar su capa de torero que tiene de puro decolorado casi los colores de la república. Los incrédulos japoneses corean a sotovocce Olé. Su función tiene éxito, a base de escarbar en el tiempo como un minero con una cuchara.
Riase vuesa majestad
que aviesa es la tempestad
que de la cubierta hace caer
a cada cual a la mar
Recita Matías ataviado con una tela aderezada de lamparones y jirones que hace las veces de capa; unos binoculares y la voz trémula. En estos pilares del siglo XVI, el Toledo de Felipe II reverbera en el Marid del Felipe VI. Una patrulla de policías municipales pasa al lado de Matías. Todo en orden, un relaxing momento para los turistas en pleno centro de Madrid.
Cambieme los muros de la patria mía
otrora caídos
ahora en parsimonía
con tanto boato y aliño
que parece otra melodía
Melodía Matías, con timbre sereno. ¿De dónde viene Matías? Me pregunto nada más verle. Del cante jondo, me respondo horas después. No quiere decirme si tiene familia. Me percato de que es futil la pregunta. ¿De dónde vengo yo que he ido a parar a la plaza mayor y me he parado ante Matías como ensortijado? ¿De dónde proviene esa curiosidad mía, mórbida más que morbosa? ¿Me creo yo que por disponer de unos cuartos más que él o de un lugar que tampoco es mío donde dormir, merezco el don condescendiente de la dádiva caritativa? Me asaltan estas dudas cuando en esta plaza mayor de estatuas humanas, titiriteros perseguidos y enjaulados y de tantos como él, todo se da la vuelta, como en la capa de Matías. Somos los limosneros, los cautivos de la culpa, los que somos capturados por ellos; ejercen un contra arte de la mercancía. Regateamos condescendencia, sublimando ésta, y enmascarándolo con una trasacción de servicio: esas estatuas humanas, coplillas, disfrazes. Y la farsa revierte contra el satisfecho turista que hace caer una o dos monedas de poca monta. Cree comprar por unos segundos una mercancía de baja calidad, pero incluso es un sucedáneo en el que está envuelto el siseo con arte. Qué otra cosa merece el turista que como una boa constrictor se cierne sobre este Madrid que incluso se rinde a sus pies.

Recoje Matías las alpargatas y sobre el traje de lueces se adorna una chaqueta beige que le queda grande. Hace la tarde caer su luz ocre y un viento frío. Si volviera a nacer hubiera elegido otro lugar, no la Cañada, que es ahora otra muy diferente a lo que es ahora. De tan lejos, como tan lejos los problemas que constriñen a esta capital. Nada es lo que parece y todo el mundo tiene un disfraz. Le llaman la ciudad de las oportunidades. A las 7 de la mañana hay miles de Matías en el metro de Madrid con capas más finas yendo a trabajar; a las 7 de la tarde hay miles en la Gran Vía creyendo que compran los artículos de moda. Desconcertante, chabacano, pésimo o armonioso.
– Cada cual hace lo suyo para salir adelante, compadre
Arremolina los enseres en el carrito de ruedas y me lleva a un garito a casi 40 minutos. Aroma de vino viejo. Una humedad también añeja exhala de las paredes de piedra. Aqui Matías se echa a la boca el primer bocadillo del día bien entrada la noche. Si canta algo y se tercia, quizá caiga el segundo que haga la cena. Es conocido, y querido en estos lares. El camarero le llama maestro. Un vaso de tinto peleón que corre con otro bocado de queso manchego. La tarde se agota exhausta y a Matías aún le quedan rayitos de luces. Se las ha robado al día, es un apagahoras. La ciudad de Madrid, se presta a repetir a esta hora su burocrática letanía de normas, de segregaciones imaginables y posibles, las del día y las de la noche. Aunque Matías es un apagahoras.
– Pasan unos y otros alcaldes, compadre, los guardianes son siempre los mismos. Lo nuestro es también pasar.