Vivian Gornick es una mujer que al caminar día a día por Nueva York hace más ruido con su nostalgia a cuestas que con las suelas de sus zapatos.
Una noche relata a Leonard, su confidente, que ha visto una película de los años treinta en la que un millonario se enamora de una piloto de avión. Su valor, su espíritu, su pasión por la aviación, lo desarma.. al principio la piloto siente que flota; pero en cuanto se casan, su amante le pide que deje de volar. Ahora que es su mujer, es demasiado valiosa para que ponga en riesgo su vida. Ahora que ya la había conseguido no tenía sentido que siguiera volando. Vivian le pregunta a Leonard
– Cómo es posible que tras cuarenta años de liberación de la mujer no seamos capaces de hacer algo tan ingenioso como esta película?
– Es simple – dice Leo -. Una vez que el conflicto se vuelve público, la política prospera y el arte decae. Personas como nosotros acaban mirando en internet una imagen de un puño levantado, un lacito rosa. o un tatuaje políticamente correcto.
Una cola de hombres, Vivian no ve nunca a ninguna mujer, se extiende desde la puerta de la Iglesia. Muchos apenas se tienen en pie;
intercambian periódicos y respetan el sitio de la cola si alguno se ausenta. Son «rostros derrotados dignos de Miguel Angel». y a Vivian le flota esa frase en la mente. Entre los pasos incontables que da Vivian en una urbe como Nueva York, lo que hace realmente ruido es su acérrima soledad. Es como si caminando, Vivian Gornick extrajera lo más profundo de las personas en las escenas cotidianas. Una rata corre de aquí para allá en Abington Square. Un hombre de cuarenta y tantos, con una bolsa en la mano de los supermercados orgánicos Whole foods pregunta qué ocurre. El preludio de una plaga, contesta Vivian. El hombre responde
– Pobre bicho. Busca una salida cuando no la hay. Créame, lo sé.
Vivian Gornick atempera, a sus 83 años el carácter de los rascacielos. A pesar de haber recorrido sobre las aceras cientos de kilómetros, su mirada a estas alturas es más elevada. Su militancia política y feminista están desprovistas de la habitual neurosis de los tiempos modernos.
La ciudad ha hecho de Vivian un baúl de anécdotas que en realidad son elegías diarias en las que ella misma navega haciendo su viaje por la Itaca del Bronx, del West Side. «Los hombres juegan al dominó en mesas plegadas, las mujeres se sientan a hablar en las escaleras de entrada de los edificios, los niños juegan a la pelota, los adolescentes hacen el amor, y en todas partes la gente bebe fuma y se droga. Una vez, vi mitad de la calle un cerdo a medianoche porque alguien había ganado la lotería». Vivian sigue el ritmo de la calle.
Sus memorias, la segunda y última parte de sus memorias publicadas por Sexto Piso, solo ocupan 135 páginas. Son un mapa continuo de las escenas cotidianas. Jamás un collage semejante fue tan magnífica biografía.
Nueva York más que la ballena de Herman Meville es el rio de Heráclito. Nunca es dos veces ella misma. Tampoco Vivian. Hay cosas que siempre están ahí: los taladros en las calles, los camiones de basura, los buses repletos, el torrente sanguíneo de viadantes hacia no lugares de avenida en avenida. Pero a cada instante nada es igual. Y este no es poco dilema para Vivian que desde joven quiso que una revolución dejara que las cosas dejasen de cambiar abruptamente para quedarse fijas en los márgenes de la justicia y la verdad.
Vivian es casi un personaje tolstoniano de Guerra y Paz. Libra una guerra interna y convive con una paz con aristas. Pero en todo caso, la heroína y la perdedora es ella; sus asideros son los escasos amigos en una ciudad de millones; el sustrato de la vida, el humus diario está en la ciudad y sus lugares tan pequeños.Por paradógico que pueda parecer, es esto a lo que más se acerca a la revolución que Vivian soñó un día y añora ahora con mucha más templanza.
¿Qué lugar debe ocupar una mujer como Vivian? Ella indaga en la literatura los «modelos» de mujer en Tomas Hardy y su Sue Bridehead, o la Isabel Archer de Henry James o la Diana de Crossways de George Meredith. Pero Vivian se identifica con Mary Barfoot, la protagonista de Mujeres sin pareja de George Gissing. «Ningún otro escritor ha captado la evolución de nuestra inteligencia, de nuestras preocupaciones, de nuestra bravuconería». Rhoda Nunn, la protagonista de Gissing dice en un momento: «¿un amor sin igualdad? viviré sin él!¿hijos y maternidad? ¡Son innecesarios! ¿censura social? ¡Tonterías!. «Mientras Rhoda avanza inexorablemente hacia el momento en el que se traicionará a sí misma, se transforma en la viva encarnación de la brecha que existe entre la teoría y la práctica: ese espacio en el que tantas de nosotras nos hemos encontrado una y otra vez». Y Vivian, recorriendo las calles de Nueva York piensa que esa brecha «se ha convertido en una profunda grieta por cuyo fondo vago, como en un peregrinaje, con la esperanza de ser capaz de escalarla hasta alcanzar el nivel de la superficie antes de morir».
Nueva York no es puestos de trabajo. El trabajo se va a otros sitios. «la mayoría de la gente está en Nueva York porque necesita muestras – y en grandes cantidades – de expresividad humana; y no las necesita de vez en cuando, sino todos los días. Los que se van pueden prescindir de ello. Los que vienen, no». Y aún menos Vivian . La vida para Vivian es una arqueología de voces. De voces de la calle. Ahí está la liberación.