«Yo creo que necesitamos una revolución aquí y ahora.(…) Lo que me preocupa es que durante los últimos cincuenta años hemos estado retrociediendo con la ilusión, o el engaño, de que estamos avanzando. Todas nuestras ciudades se vuelven cada vez más peligrosas; todos nos hemos convertido en poco menos que consumidores y contribuyentes por cuanto hace a los intereses de nuestro gobierno. La corrupción en el gobierno es ahora más una norma que una salvedad. Las guerras son más largas, más desmoralizadoras, más devastadoras e irracionales.
Quizás haya aquí un proceso que no hemos entendido – aunque mucho me temo que hemos empezado a aceptar lo verde por lo maduro, lo ilusorio por lo real, la credulidad por el escepticismo, la estupidez por la inteligencia.
Como no tengo ninguna revolución racional que ofrecerles, sugiero, por el gusto de hacerlo, optar por la erewhoniana. Rescaten su cuerpo del cautiverio del automóvil; rescaten su imaginación del aparato de televisión; rescaten su riqueza del barril son fondo del Congreso y su gasto demencial; rescaten sus habilidades manuales de los fabricantes; rescaten sus mentes de los argumentos de necesidad y de los mercaderes del miedo y el prejuicio. rescaten la paz de la guerra perpetua. Rescaten sus vidas: son suyas».

Guy Davenport, ¿Qué son las revoluciones?. Traducido por Gabriel Bernal Granmados. Libros Magenta. 2012. 211 páginas. 24 euros. Un extracto del libro puede leerse en el primer número de la revista Big Sur.
Davenport, un escritor beligerante que vivía en una ciudad de provincias, sabía que la mejor manera de ejercer la diatriba era en el tono menor de la sátira y la recensión irónica. Era profundamente norteamericano en el mismo sentido en que lo fueron Emily Dickinson y Gertrude Stein, Edgar Allan Poe y Walt Whitman, H.D. y William Carlos Williams; esto es, siendo ex céntrico. El tono de sus ensayos es el de una conversación intimista, pero también el de un profesor que arenga a los estudiantes de un salón de clase. En esto, tampoco negaba la cruz de su parroquia, y se confesaba descendiente directo de los profesores y escritores victorianos que se pronunciaban por igual en las páginas de un periódico que en la cátedra