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Viaje a la aldea del crimen: Sender revisitado.

Iñigo Elortegi 5 marzo, 2016     No Comment    

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Los primeros muertos. Foto: Serrano. 13-1-1933. Extraída de historiacasasviejas.blogspot.com.es

A una sola cosa huele esa noche del 10 de enero de 1933 en el poblado de Casas Viejas. Todos los sonidos son tan escuálidos como los hombres que van a tomar, de una vez y en nombre de una revolución que creen en ciernes, el pueblo y su tierra extensa, yerma. Por los miles de hectáreas de este campo van a quedar los cuerpos de los campesinos. Y en las callejas. Y en las horas siguientes, como en una pira criminal, entre las cenizas de su choza, los cuerpos del anciano Seisdedos y su familia. En esas horas siguientes, y durante días, la sangre de esos campesinos va a suplantar por orden de la república la posibilidad de revuelta. Este crimen quedó retratado en la primera crónica del nuevo periodismo que se editó ese mismo año por la editorial Pueyo. El título: Viaje a la aldea del crimen; su autor, Ramón J. Sender. Ahora la editorial Libros del Asteroide reedita esta esencial crónica de los siglos XX y XXI, que viene a suplantar a la meritoria edición de Vosa publicada en 2000. Con respecto a esta, la nueva edición incorpora un prólogo que cae en el error cliché de esa izquierda bien pensante. El prologuista exonera a Azaña, presidente de la República, de la responsabilidad del crimen. Arguye que no dio órdenes expresas, que se enteró después, que la crítica a la izquierda, que él representaba, da alas a la derecha, como ocurrió. Es así como bajo los gobiernos más izquierdosos se han cometido los más viles crímenes. Y no deja de ser paradójica esta justificación indirecta, en el prólogo de esta obra.

El prologuista Maldonado recurre a la indolente exculpación del gobierno de izquierdas. ES un maniqueísmo que corta las verdades como los cuchillos de sierra, como la sierra en la que se refugiaron María Silva y los pocos supervivientes de la razzia de Casas Viejas:

«Azaña no ordenó matar, ni conocía los asesinatos cuando compareció en el parlamento para defender la actuación de las fuerzas de orden público. Dada la trascendencia de los sucesos de Casas Viejas en la construcción del relato golpista, estas páginas debían permanecer ocultas, y de ello bien se encargó el nuevo régimen y posteriormente, tras la muerte de Franco, la familia del dictador.

Sender tuvo razón en su denuncia de los hechos, pero se equivocó al señalar a los responsables, con unas consecuencias políticas insospechadas».

Pero esa República es tan adepta al orden como la Monarquía. Si acaso no se fía del orden de esta. Para eso creó su cuerpo de seguridad, la Guardia de Asalto. Al mando de los guardias de asalto que entrarán esa noche del 11 de enero de 1933 en esa cetrina aldea de casas Viejas está el capitán Rojas. Celoso muñidor de muertos, pasará a la historia como el mando que al frente de un batallón falangista matará en Granada a Federico García Lorca.

El mal del periodismo español ha sido hacer de la mezquindad virtud, y de su excepcional virtud, olvido. Las crónicas que Ramón J. Sender publicó en el diario La libertad y que dieron lugar a Viaje a la aldea del crimen son el inicio del Nuevo periodismo en el mundo occidental. Una retahíla de académicos, estudiosos y próceres han mareado la perdiz con la sopa de definiciones para no ubicar Viaje a la aldea del crimen como lo que es: una crónica, el inicio de la nueva crónica. Tiene su razón este escondimiento. Ahora que se acaba de publicar el imprescindible manual de reivindicación – Lacrónica – de Martín Caparros, solo puedo recurrir a él para explicar lo que se ha hecho durante cien años menos 15 a la obra de Sender.

En este campo andaluz que ve Ramón J. Sender, el hambre es la condición en la que nacen, viven y mueren los campesinos. Ha llegado hace dos años la República, pero la reforma agraria es un sueño muerto. En el campo de los grandes terratenientes, los Medinacelli, el reloj señala a todas horas la hora fija de la miseria medieval.

Los titulares de las gacetillas de la CNT que llegan a Casas Viejas por ferrocarril anuncian la insurrección libertaria en todos los pueblos: la huelga general. Es el final del hambre, piensan Seisdedos y todos los demás. Porque en Casas Viejas, como dice Sender, el campo les espera hace muchos siglos:

«Cuatrocientas, quinientas familias en esas condiciones, a la hora de la revolución social, que creen llegada, matan o mueren  pensando en el comunismo libertario que les permitirá poner en cultivo 33.000 hectáreas».

La crónica de Ramón J. Sender habla de una muerte previa a la de los campesinos: la muerte de la revolución, de la huelga general. No es más que dialéctica impresa en gacetillas. Esas gacetillas de la CNT. Sus autores no cuentan con que esas asonadas apocalípticas, redentoras, van  a llevar en unas horas a la muerte a quienes las creen reales y sinceras. La guardia de asalto, acabará la ridícula sublevación de unas decenas de pobres campesinos bajo la orden del ministro de Gobernación:»Doy a las fuerzas media hora para que sofoquen el movimiento». El director de orden público ordenará: «no quiero heridos ni prisioneros». La matanza se prolonga a manos de la Guardia Civil cazando como a liebres a quienes han conseguido huir a la sierra.

En el parlamento, Gobierno y oposición se enzarzan por lo ocurrido:

«Los pormenores de los debates no interesan. Era, en definitiva un pleito entre verdugos donde se trataba de ventilar si las ejecuciones habían sido realizadas correctamente o no»

La crónica de Sender es el inicio del Nuevo Periodismo. Sender se adelantó en 26 años a Rodolfo Walsh y su Operación Masacre, y en 32 a Truman Capote y su A Sangre Fría. Artefacto ensamblado con utensilios de otros géneros – novela social, novela negra, poesía, artículos -, Viaje a la aldea del crimen supera el envite del tiempo. Hoy Casas Viejas y el campo andaluz no han cambiado en demasía: Medina Sidonia sigue siendo un latifundio y en España no ha habido reforma agraria, ni la habrá. El crimen y el pillaje que Sender describe como única salida para los campesinos bajo la República, desde hace decenios ha sido suplantado por subsidios en masa. Así aún compiten en este campo andaluz la limosna contra la revuelta.

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