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Viaje a Las Landas: hipsters entre las dunas

Elsa Volga 3 julio, 2015     Comentarios cerrados    

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El atardecer desploma una luz albaricoque sobre la arena, inerte, inmensa y desolada en kilómetros y kilómetros. Como una horda de piratas, las olas verdes sin esperanza arremeten contra la orilla. Playa de Ondres, en Las Landas. Estoy sentada  esperando a que adentren en mi las pocas horas que le quedan al día del solsticio de verano.

Mi familia eligió pasar unos días en Las Landas, territorio vasco en el país francés. Argumentaban que era el lugar elegido por «cada vez más gente para desconectar», antiguo punto de paso de hippies hacia el cantábrico peninsular, oasis surfero y naturista de playas infinitas… Decidí acompañarles. Desconectar es conectar con algo. A desconectar van a Ondres y Las Landas miles de personas, como conocí, procedentes de Madrid, Bilbao, Lyon, Suiza, Alemania o Inglaterra.

En las inmensas dunas de la playa, las cosas que suceden son las cosas que no suceden en el mundo; a la tarde se le va quedando el color de las moras. Un poco más allá, una furgoneta Mercedes de hace 40 años lo menos aparece solitaria en el parking. Los garitos junto a la playa comienzan a poblarse y oigo conversaciones de turistas que acuden al ritual del crepúsculo. Me vuelvo con curiosidad. Son los hipsters: ellos, ellas, zurzidos por el mismo patrón, barba poblada pero cuidada, trajes ceñidos, uñas pintadas, gafas de marca; son adeptos a un gurú invisible que no es más que el de su condición de urbanitas y profesionales liberales, en acto de recogimiento cuando se encuentran conmigo; Las Landas, y Ondres, es su ashram informal a un modélico precio por días o semana. Cuando la noche es una boca de lobo, recorro desde la playa los 3 kilómetros al aparta-hotel que entre pinos mi familia ha reservado. A poco de llegar, un cervatillo rumia junto a la carretera, parapetado tras un pino. Inmovil como los árboles, pienso en el verdadero significado de este encuentro: su boca mastica hojas vivas y mi corazón imita el redoble de tambores negros.

Aparta-hotel Allée des dunes. La única melodía es la que cae de estos pinos con las gotas acristaladas del amanecer. Para este viernes, todos los apartamentos, la piscina y los discretos parkings se llenarán de alemanes y franceses urbanitas, españoles, incluso suizos. Familias jóvenes. Una media luna se derrite entre las copas de las lejanas encinas que cantan las 9 de la mañana. Me encamino hacia la playa. Muy cerca de donde anoche me abordó el cervatillo hay una cabaña con bicicletas para alquilar. Leon pasa aquí 12 horas al día. Su adusta figura holgadamente metida en un mono azul del color de sus bicicletas, el pelo blanco a lo casco, una piel morena que ha bebido de 56 soles. Le pregunto por los ciervos:

– ici vivent cerfs? (viven ciervos por aquí?)

– non madame, je sais (no señora, que yo sepa)

Los hippies ya no,  se ríe León. Sospecho que debió ser uno de ellos. Ahora surf, bicicletas, campings legales. Peace, relax. Peace, relax legal. La legalidad urbanística en Las Landas es bien ajena a la legalidad al otro lado de la frontera. Aquí las playas ni sus lejanos alrededores no fueron presa la voracidad de complejos turísticos; las casonas de retiro se desperdigan con una discreción calvinista. En la playa de Ondres el sol albaricoque se ha clavado en la inmensidad con su estruendo de luz amarilla. Vigilantes en la garita junto a los puestos de pizza y los restaurants aún con el ojo de sus persianas cerrado. Arena pedregosa fría, a lo lejos varios mercantes han pasado la noche a la espera de enfilar el puerto cercano de Baiona. Mil pasos al norte, mil lenguas de un viento frío continental. Dejo una mole de cemento que sirvió no sé hace cuanto como batería contra los desembarcos. Toda esta tierra de dunas moldeable tiene una paradoja sin igual: conquistada por los romanos, los alemanes, tuvo que ser defendida por ellos de invasiones recíprocas;  esta tierra es también la de los desterrados y exiliados, y pienso en los españoles del 39, la de los vascos en las postrimerías del franquismo: esperando un día, pasando las décadas con su vómito de olas y desesperanzas. De vuelta en el parking junto a la playa, la misma furgoneta Mercedes blanca, solitaria.

A Leon le hemos pedido unas bicicletas. Nos vamos a recorrer en familia las sendas que se adentran en los bosques. Bordeando el rio Boudigau se suceden los campings para auto caravanas, roullottes. Orden exquisito: piscinas, bares, lavandería en cada una. Cada pocos kilómetros aparece con recato y camuflada otra sucesión de campings con su orden exquisito igual al anterior. La senda nos lleva hasta la playa naturista de Capbreton. En estos alrededores se sitúan las dunas gigantes. Su arena es más fina que la de Ondres. A diferencia de este, Capbreton es un pueblo igual de blanco pero más hecho, concurrido. Lo demuestra el monumento a los niños caídos en las dos grandes guerras, sobre el que se alza el discurso de De Gaulle en Londres: «Francia ha perdido una batalla, más no la guerra».  El recordatorio perenne de una Francia que exhorciza con el patriotismo quejumbroso sus demonios colaboracionistas, y sus sangrías posteriores. Capbreton está puesto para el turista de paso. Sus calles de puestos y tiendas especializadas son el acné de un pueblo que exhibe un rostro falsamente siempre joven. Cerca de la playa comemos en un garito cuyas paredes son de bambú. Los gorriones entran con atrevimiento al abordaje de migas. Por 12 euros una cazuela de chipirones y una fuente inmensa de mejillones en salsa de perejil. En toda la costa escasea el pescado, a pesar de la proximidad de San Juan de Luz que tiene una modesta flota pesquera de bajura; Mi hermana que lleva una semana más que yo entre ellos, comenta que los franceses comen demasiada bollería, las pizzerías también abundan por doquier. Los mejillones de Capbreton, sin embargo, son frescos y exquisitos.

Hossegor, meca de los hipsters

 A escasos kilómetros de Capbreton, Hossegor. Meca de la feria de la ropa surfer, Hossegor es una pequeña Malibú de deslumbrantes mansiones alrededor de su lago. Este pueblo ha hecho un injerto en el centro donde se concentra una marabunda de tiendas y bares chic para hipters cincuentones tostados, con sus pantalones chillones, sus relojes, sus tablets y sus 4×4 en la acera. Ellos están en los bares, Sus hijos, replicantes con el mismo corte de pelo, están de compras.

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Lago de Hossegor

Unos bafles retumban el compás de una batería. Mientras dejamos las bicicletas y nos acercamos, lo que parecía ser un concierto es en realidad una performance reclamatoria de un bar. El concierto parece haber cesado, pero de los bafles salen las notas de Starway to heaven. Un cincuetón con mechas rubias y gafas de sol que parece llevar un reloj de oro en su mano derecha simula seguir con una guitarra imaginaria las notas; otro de pelo más largo parece acompañarle mientras lo que parecen sus dos esposas ennegrecidas por un moreno casi de colonias sonríen y hacen con su movil un foto para la posteridad vivencial. A pocos metros pasa otra mujer con collares dorados, bolso de marca y una flor en su largo cabello moreno. En un bar contiguo a donde nos sentamos como sardinas, otro grupo toca Time de Pink Floyd ante la tranquila y madura audiencia que toma sus margaritas:

Viendo Pasar Los Momentos
Que Componen Un Día Monótono
Desperdicias Y Consumes Las Horas
De Un Modo Indecoroso
Vagando De Aquí Para Allá
Por Alguna Parte De Tu Ciudad
A La Espera De Que Alguien O Algo
Te Muestre El Camino.
Cansado De Tunbarte Bajo El Sol Y Quedarte
En Casa Mirando La Lluvia
Eres Joven Y La Vida Es Larga Y
Hoy Hay Tiempo Que Matar
Y Luego Te Das Cuenta Un Día De
Que Tienes Diez Años Más Tras De Ti
Nadie Te Dijo Cuando Correr,
Llagaste Tarde Al Disparo De Salida.

Hipsters con crisis de tiempo, chutándose ahora la adrenalina del dinero que mañana quizá no tengan. Telas caras, apartamentos, hoteles, cachibaches tecnológicos, acciones y fondos de pensión. Conversaciones de un pentagrama muerto.

Y Tú Corres Y Corres Para Alcanzar Al Sol,
Pero él Se Está Poniendo
Y Girando Velozmente Para De Nuevo
Elevarse Por Detrás De Ti
El Sol Es El Mismo De Modo Relativo,
Pero Tú Eres Más Viejo
Tu Respiracíon Es Más Corta Y Estás Un Día
Más Cerca De La Muerte.

Antes de que la traición del atardecer se cierna sobre esta Babilonia sonriente, retomamos el camino de vuelta hasta Ondres para escondernos entre la garganta de sus bosques.

A Leon le dejamos las bicis justo minutos antes de que cierre la cabaña. Se sorprende de nuestro largo viaje. No ha sido para tanto, aunque en el asiento de atrás de mi cuñado, la sobrina de 19 meses ha venido dormida. Le pregunto a Leon  como si nada por un cervatillo o animales sauvages. Vuelve a responder que no sabe nada, mostrando extrañeza. Yo me extraño de su extrañeza. Mientras mi familia enfila al bungalow, yo parto a la playa. Este atardecer del más largo día tira al mar su traje de luces. La furgoneta mercedes es una de las decenas que ahora hay en el parking. Más hipters cerveza y copas en mano viendo el viaje del Sol a su Itaca. Bailan sobre la tarima de madera junto a las escaleras que desciendo para sentarme sobre la arena y despedir este dia. Oyendo sus voces, resuenan en mi mente las últimas estrofas de Pink Floyd:

Cada Año Se Hace Más Corto,
Nunca Pareces Encontrar Tiempo
Planes Que Se Quedan En Nada O En Media Página De Líneas Garabateadas
Esperando En Silenciosa Desesperacion
A La Manera Inglesa
El Tiempo Se Ha Acabado,
La Canción Se Ha Terminado,
Pensaba Que Diría Algo Más.

Urracas picoteando de la noche color de uva. A la cena, vino de Briziers. Tres días de desconexión en su más literal sentido. Venus y Marte se alinean con la luna. Los grillos protegidos por los totémicos Pinos nos adormilan. Mañana a primera hora abandonaremos Ondres. Buenas noches bosque cercenado, pero en pie.

Un petirrojo se ha posado irreverente en mi ventana abierta. Sobresaltada, me despierto. Son las 7.30 de la madrugada. Decido vagabundear, igual que a veces en la detriturada ciudad, por los silencios de la madrugada. A lo lejos de la urbanización, diviso la cabaña de las bicicletas. Me acerco un poco y me detengo parapetada tras una gran encina. Entre el bosque frondoso, Leon parece hacer una ofrenda. Extiende de rodillas con sus manos algo que no percibo. De entre la negrura un cervatillo se acerca para comer mansamente de sus manos para después mirarme con sus ojos de sima profunda.

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Autor:  Elsa Volga

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