
Hace casi dos millones de años el homo erectus emprendió la primera emigración desde el valle del Riff motivado por cambios climáticos, como la sequía en el Sáhara y la búsqueda de nuevas fuentes de alimentos.
Jorge Muller es otro homo erectus que montado en un Jeep Grand Cherokee recorrió esa gran nación que, según el escritor Iván Maraña, es
“Estados Unidos
porque no dices cómo te llamas
no hay manera de llamarte.
Te trataré de tú
como tú trataste a todos
no te llamaré con tu nombre amplio”.
Se dice que un buen principio es necesariamente inseparable para seguir leyendo, y Viajando con Thirsty lo tiene. Si el lector encuentra en ese inicio algo así como “Vosotros, chicos, hacéis tantas preguntas que si fueseis mi mujer ya os habría disparado”, pues su atención queda arraigada en lo que vendrá después. Y después vienen 377 páginas donde las palabras saltan fuera de la letra impresa porque despegan como movimientos del cuerpo, con las agitaciones, palpitaciones, oscilaciones y vibraciones de todo lo que va encontrando, llevado por su Todoterreno.
Jorge Muller lo tiene muy claro “una de la premisa del viaje era estar abierto a cualquier vicisitud por lo que todos los cambios de rumbo y los encuentros fortuitos los recibí con entusiasmo y curiosidad”. Así es que sus numerosas digresiones, lejos de romper el hilo de la trama, tienen el mérito de los movimientos del agua que zigzaguea su circulación y aventa y fertiliza otras realidades.
Este es el estigma del viajero, lo que importa no es lo que le pasa (que también) sino lo que hace con lo que le pasa. El viajero sabe que todo lo que le ocurre es necesario. De esta manera no se puede decir que Viajando con Thirsty sea una obra inexpresiva e insípida, como alguna de las localidades que pasaron en su deambular.
Y errabundó, pocas semanas antes del comienzo del verano de 2024, porque presentó su renuncia voluntaria en la empresa en la que había trabajado a gusto durante los últimos siete años. El omnímodo viajero decidió marcharse por otra especie de “crisis climática” que había secado viejos intereses, y nomadeó con la imaginación y la atención de una parte a otra. Lugares que dejaron de ser nominales porque profundizó en sus realidades.
Durante los días que leí a Jorge Muller no pude dejar de verle como un miembro más de esa que se llamó beat generation, que tuvo un profundo impacto en la juventud occidental a partir de la década de los cincuenta. Los viajes enloquecidos de Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassidy y otros constituyeron una despedida a todas las promesas de América. ¿Por qué esta asociación?, porque aquellos y Muller escriben sin distancia profesoral. Los Cadillacs y Dodges han sido sustituidos por un Jeep Grand Cherokee, al que llama Thirsty, y desde el que cuando las imágenes y sensaciones le desbordan las coloca en estrategia prosopopéyica en su inseparable todo terreno.
Si cabe, este book movie se hace más interesante con el capítulo Apéndice: Crisis de identidad, recogiendo apuntes y reflexiones sociológicas sobre el posible mandato, por segunda vez, de Donald Trump, ya hecho real. Todas más extensamente ofrecidas y agrupadas en “Trump rally”, capítulo que posee la atracción de la crónica de alguien que asiste a un mitin en la campaña para el segundo mandato presidencial, y que captura desde la sexta fila su grotesca figura y sus diminutas manos.
Por eso el viaje de Jorge Muller produce un efecto de potencia visiva que se traduce en fragmentados rayos de luz y sombras para conocer y entender más aquel país.

Viajando con Thirsty.
Jorge Muller
Ediciones Intruso lanak, 2026.
377 páginas. 18 euros.