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Viajero solitario

Valentine Badiu 29 mayo, 2018     Comment Closed    

Caminando entre los depósitos grises de los malecones de San José, California. El aroma de petróleo ascendiendo como goma quemada en la húmeda niebla. El agua aceitosa de la herrumbosa bahía abraza los pilotes. Los barcos se balancean abandonando el último labio de tierra americana. Me siento bien y sin nada particular que hacer excepto vagar por la América real con mi corazón real. Este es Jack Kerouac, ideando dar la vuelta en un carguero que zarpará sin él desde el puerto de Pedro, California. Vagar por la América real: trabajando en el ferrocarril del Pacífico, viviendo en los arrabales de San Francisco, de Frisco a Nueva York, de Nueva York a Tanger cruzando el abismal oceáno Pacífico, de Tanger a Paris. El periplo de Kerouac está plasmado en Viajero solitario, cuaderno de bitácora literaria traducido por Pablo Gianera y publicado por la editorial argentina Caja Negra.

Viajando por la costa espumosa de California. Melancólicas refinerías, galpones con barcos en desguace bajo cielos imposibles. Solo este brillo opaco se torna visible en la navidad de California del sur. San Francisco. Cerca de la Southern Pacific, en la tercera con Townsend. Emblema de la lasitud de las tardes. En el aire se siente el asedio del furor urbano de las masas que se desplazan a pie. «Todos bien vestidos en el Frisco proletario». Camioneros de la calle tercera, negros deshauciados de toda responsabilidad, productores y ejecutivos de corbata de la civilización americana. Centellean luces de neón. Arriba el estrellado cielo se cierne sobre las azoteas de los hoteles que exhalan su mugre exterior. Inmundo menú por veitiseis centavos en la calle Howard. Truhanes, prostitutas, marineros sonámbulos en torno a la calle tercera.

Dos horas hasta Redwood, donde como si se tratara de un corazón de vías, todos los trenes salen enloquecidos por las venas del Pacífico. Quería ser guardafrenos ferroviario. Pagaban bien.

El grillo entre las cañas. Me siento en el lecho húmedo y prendo una fogata. Duermo con el farol de guardafrenos envuelto en la chaqueta. Medito sobre la vida californiana mientras alzo la mirada al cielo azul carbuncleo. Dentro de un rato saldremos a la orden del jefe. El fogonero alimenta la máquina rumbo a San José, ochenta kilómetros al sur de San Francisco. Vagando en San José.

Vagando. Kerouac o la cara de hollín de América. La de botas desgastadas y mochila de tela dura. La de crepúsculos purpúreos y amenceres incandescentes, la del ayuno y bacon rancio en la sartén ennegrecidaal alba. El trabajo es un estado temporal de la mente. No hay que quedarse en una prisión más del debido tiempo. Pero América vuelca su policía mental contra las hordas de díscolos herrantes. Sirenas irrumpiendo en los atardeceres. Buda fue un vagabundo. Jesucristo fue un vagabundo. El vagabundo nace del orgullo. Los vagabundos de los terraplenes del ferrocarril cocinan de noche en latas de café. Se concentran en el Bowery de Nueva York, en la Scollay Square de Boston, en Madison Street en Chicago, la calle 12 en Kansas, la South Main en San Francisco. Los vagabundos que viajan de manera sana, se salvan de la ira de la policía. Pobres los vagabundos de los suburbios. En los caminos de la América interior, destrás de los tanques de gas y petróleo, en los hangares que muestran las costillas rotas del país, los patrulleros aparecen de repente. «Irrumpen como autos de fuga que escapan de un crimen más secreto, más aciago que el que las palabras puedan formar».

Peregrino no en el sentido que describió Thoreau. Vagabundo sin la conciencia revolucionaria de Jack London. Caminante sin sin la erudición libertaria de Kenneth Rexroth. Jack Kerouac es la exhalación del hobo americano, el prófugo más que el combatienete de una burguesía decadente y aglomerada en urbes moribundas. Y al mismo tiempo Kerouac es el epitafio de todo lo anterior. Atravesar vagando Norteamérica es delito. Por eso Viajero solitario es un ejercicio de libertad, gris quizá, cínica, desesperanzada, cierto, pero libertad. Un alegato contra el determinismo. No sé cuántos Kerouacs hay en Africa. Son todos ilegales.Todos los Kerouaccs del mundo son ilegales. Lo único que hacen es andar. Solitarios.

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Autor: Valentine Badiu

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