
Ahora que por los teatros Silvio Rodríguez troba sin auroras, ojalá que estos humos de cometa de la cósmica noche pudiera yo beberlos como licor de buenaventura. Estoy escuchando esos versos, o sangre acaso yéndose. 11 de septiembre.
En el resquicio venial y de par en par de este instante, tirito. Sobrevuelo y creo cesar. Y voy cesando. Crepitan en mí como alas de este siempre infinito. Pero no las siento. Me es imposible. No hay saldo de amor. Lo siento por quienes esperan. Cuelgo el cartel de quiebra como lo haría, aún con más desesperanza, Pessoa. En vez de versos, por cada una de estas codas bien valdrían unas espadas añejas.
Todo final elude su forma. Pero con el ardor infuso voy adquiriendo un saber ventero. Requerida por el futuro, sometida a su cruel látigo en mi espíritu, no sé aún por qué mis manos escriben, aunque ya no tiemblan.
Me tranquilizo. Hoy es once de septiembre. Hace solo veinticinco años, bajo un sol mediano de limones que se tornaría anaranjado con las horas, ¿os acordáis? Llegábamos azucarados de brisa de la playa. Tú en la silla, algo exhausto, y tú, con tu pareo de flores. Creo que freímos patatas y bonito para las dos y, para ti, un puré de garbanzos con un poco de bonito.
11 de septiembre de 2001.
Preciso de vuestras señales, ahora que todo prescinde de mí entre escarchas. Trabajo bajo una dictatorial rémora y de ella inhalo mi alma, también escarcha. Fui desertora del presente; ahora, torturada por el futuro.