
Las terribles consecuencias que tiene la palabra humana en Rusia le confieren una fuerza especial.
Aleksander Herzen
Por su forma de ser, decidió. Porque pueden soportar las penalidades mejor que nosotros. Por su amor a la anarquía y terror al caos, y la tensión entre ambos
John Le Carré. La Casa Rusia.
A Manana Dzhabeliya la apresaron en una de las redadas contra los residentes georgianos legales en Moscú. A Pasha le toca turno de madrugada en la comisaría central de Policía. Es fan de El señor de los anillos. El bien, le dice a Elena Kostyuchenko, prevalece siempre sobre el mal. Como forense criminalista encargado, Pasha tiene una particular manera de hacer que el bien prevalezca sobre el mal. No solo amaña pruebas para encarcelar a delincuentes. Ve con buenos ojos los malos tratos a “cautivos” para arrancarles una confesión. Sus compañeros comienzan el turno a las nueve de la mañana. Salen a realizar “operativos especiales”. La palabra especial en Rusia está dislocada del significado del término.
Los compañeros de Phasa, estafan a los trabajadores inmigrantes, sobornan a ciudadanos presentando informes en su contra, como a la georgiana Manana Dzhabeliya.
Shasa regenta una caravana en las afueras del extrarradio de Moscú. La suya y el resto de caravanas son un solicitado prostíbulo. Shasa alardea de que tuvo trabajando para él a la hija del jefe de policía de Moscú. Cada caravana cuesta entre 50.000 y 150.000 rublos. Vika gana 40.000 rublos al mes. Un hombre baja de un taxi con una inmensa sonrisa. Es militar y acaba de ser ascendido a mayor. Ha venido a las caravanas a celebrarlo. Tiene decidido abrir, cuando se jubile dentro de poco, una agencia de detectives. Su tío, le dice a Vika, que está en la Oficina tributaria del distrito y su tía en el Tribunal Supremo, le ayudarán. Paga primer, le responde Vika.
La editorial Capitán Swing publica las crónicas de Elena Kostyuchenko (Yaroslav, Moscú, 1987) incluidas en este oportuno libro Amo a Rusia. Crónicas desde un país perdido, con traducción de Mildred Nicotera. Manana, Pasha y Vika son solo tres de los protagonistas pululando en estas imprescindibles crónicas. Elena Kostyuchenko recogió la mayoría de estos relatos mientras trabajaba en el diario Novaya Gazeta, desaparecido por orden gubernativa después de que dos de sus periodistas fueran asesinados.
Los protagonistas con edad de estas historias narradas por Kostyuchenko recuerdan la década de los años 80, con la escasez de productos básicos, la cartilla de racionamiento y el temblor del país desmoronándose a sus espaldas. En los años 90, cuenta Kostyuchenko, sobrevivieron a la delincuencia y el pillaje, a la aún mayor pobreza y la incertidumbre de un futuro sin forma.

Kostyuchenko habla del poder mostrando lo que este provoca desde su sombra taimada y omnisciente en la vida diaria de personas. El miedo a un futuro imprevisible mantiene en el poder, venido desde el pasado más lúgubre, a un zar sin siesta y contrariado, a un Stalin con quinquenales purgas interiores y hacia los pueblos hermanos, piezas a someter sin contemplaciones. Vuelven los hombres de gris y las prisiones. Y las desapariciones. Y los cientos de miles de soldados y quizá el millón de rusos damnificados y familias por las atrocidades cometidas en Ucrania. El país está en guerra contra sí mismo y los demás: Afganistán, dos Chechenias, Georgia, dos Ucranias, Siria y el Sahel africano. Las siete últimas guerras bajo el dictado de Vladimir Putin.
Kostyuchenko vuelca su retrato en el alma rusa. El pálpito de vida de tantos protagonistas en medio del terror; para otros la supervivencia se consigue con la apatía y la indiferencia. Personas que aman y que ganan dinero, como Vika, en las caravanas del gran prostíbulo a las afueras de Moscú, para pagarle a su amado Andrey cada mes el móvil, ropa y comida que cumple condena en una prisión.
Hay un ambiente de país desencajado, de estraperlo de guerra fría. Una prostituta de caravana puede ganar dos veces más (40.000 rublos, 445 euros) que un ingeniero jefe de una petrolera.
La prosa de Kostyuchenko lleva el trazo ligero y chispeante de Chejov. Retrata a veces bodegones de unos contrastes asombrosos. Recurre con frecuencia a sí misma y al relato de su familia para explicar cómo se ha colado la guerra constante en la conciencia colectiva:
“Tengo trece años; hay un funeral. Ayer mataron a un joven, era un estudiante. Lo alistaron, lo enviaron a Chechenia y lo mataron. Pregunto a nuestra vecina Lenia: ¿Quién lo mato? Los chechenos. ¿Por qué? Porque en Chechenia hay una guerra. ¿Contra quién? Contra los terroristas. Pienso que matar terroristas sea aún más guay que matar fascistas. Tal vez no, matar fascistas es lo más guay que existe. ¿Fascistas o terroristas? Pobre chaval, claro que sí. Además, es un héroe. Creo que Lenia exagera sobre esto de la guerra. En la tele hablan de una “operación antiterrorista”. Si fuera una guerra ya nos hubiéramos enterado.
“Tengo catorce años y me estoy leyendo un artículo de Anna Politkóvskaya sobre Chechenia. ¡Joder, me cago en todo!”.
“Tengo catorce años y he empezado a leer los libros de Svetlana Aleksiévich. ¡Dios santo!”.
“Tengo diecisiete años y estoy estudiando periodismo”.
“Tengo veinte años, Rusia ataca Georgia. El presidente dice que es una operación para mantener la paz”.
Si para comprender cómo y de qué manera llegó Putin a hacerse con el Estado hay que leer el enciclopédico reportaje de Catherine Belton Los hombres de Putin. Cómo el KGB se apoderó de Rusia y se enfrentó a Occidente (Península, 2022), el libro de Elena Kostyuchenko Amo a Rusia. Crónicas desde un país perdido, es el reverso de la realidad rusa.
Amo a Rusia. Crónicas desde un país perdido. Elena Kostyuchenko. Traducción de Mildred Nicotera. Capìtan Swing, 2025. 4048 páginas. 26 euros.



