Todos los nacidos en el post 68 conocemos a Angela Davis. Bueno, no la conocemos en absoluto, salvo su tótem mítico. Su altura icónica ha quedado a la altura de la Martín Luther King. Angela Davis, nació en 1944 en un guetto afroamericano en Birmingham, Alabama, tierra segregada de los Estados Unidos de Norteamérica. Y saltó al mundo en 1972. Tras una persecución sin tregua del FBI, fue condenada a pena de muerte. Había llegado a la universidad de Berkeley donde su profesor, Herbert Marcuse, icono de la resistencia intelectual contra el nazismo y ya referente de la disidencia en EEUU, la consideró su alumna más aventajada. La atrevida editorial Capitán Swing acaba de publicar La libertad es una batalla constante. Angela Davis ofrece un caleodoscópico de los mitos trillados hasta hoy por el movimiento de liberación negro, sus eternas y clónicas decepciones con el progresismo. La libertad es más revolucionaria que el pragmatismo.
«A pesar de que ahora hay gente negra que ha entrado en las jerarquías económicas y sociales y políticas (el ejemplo más espectacular es la elección de Barack Obama en 2008), la gran mayoría de la población negra sufre un racismo
económico educativo y carcelario muy superior a las de la época anterior de los derechos civiles». Dice Angela. Y los muertos, y las cifras apretujadas en las estadísticas le dan la razón. Las matanzas, goteando de titular en titular, de ciudad en ciudad.
Llegó Obama a la presidencia de los EEUU con el apoyo de millones de activistas. Y Angela recurre al mito para explicar la recepción que vino inmediatamente después: «el problema fue que las personas que se identificaron con ese movimiento no siguieron ejerciendo ese poder colectivo para generar una presión que quizá hubiera obligado a Obama a tomar medidas más progresistas».
Esas medidas progresistas eran desacelerar la escalada en Afganistán, desmantelar Guantánamo y mejorar la asistencia sanitaria. Como se sabe, y se preveía de antemano, el primer hombre negro en gobernar EEUU no hizo nada y ni siquiera dejó algunas migas que pudieran saborear los dreamers, los activistas y los sufridos miembros de las minorías no asentadas. Una vez vueltos todos a la prédica en el desierto, Angela reconoce que la cuestión era y parece que sigue siendo «crear movimientos de masas bien organizados». Pero la pregunta salta de inmediato: ¿Dónde y a qué ha llegado la pleyade de organizaciones disidentes y reformistas en el país? Parece que a la misma casilla del parchís de generaciones atrás.
Y Angela enumera los puntos del partido de los Panteras Negras. Hoy, después de Los Angeles 1991, de casi medio millón de negros en las cárceles, después de Ferguson, esos diez puntos. Redactados en 1966 como desafiantemente utópicos y al alcance de la mano por la fuerza de los hechos, parecen de sotura endeble para una herida descomunal. Fuera de tiempo. Ridículamente actuales:
El punto número uno: queremos libertad.
El dos: pleno empleo.
El tres: fin del saqueo de nuestras comunidades negras y oprimidas por los capitalistas – era anticapitalista! -.
El cuatro: queremos vivienda digna, adecuada para seres humanos.
El quinto: queremos una buena educación para nuestro pueblo, que revela la verdadera naturaleza decadente de nuestra sociedad estadounidense. Queremos una educación que nos enseñe nuestra verdadera historia y nuestro papel en la sociedad actual.
El sexto: queremos salud completamente gratuita para todas las personas negras y oprimidas.
El séptimo: queremos el fin inmediato de la brutalidad policial y del asesinato de la gente negra, de otra gente de color y de todos los oprimidos en Estados Unidos.
El octavo: queremos el fin inmediato de todas las guerras.
Nueve: queremos libertad para todas las personas negras y oprimidas recluidos en prisiones y cárceles federales, estatales, de condados, de las ciudades y militares en Estados Unidos. Queremos juicios con jurados paritarios de todas las personas acusadas de presuntos delitos bajo las leyes de este país.
y el diez: finalmente queremos tierra, pan, vivienda, educación, ropa, justicia, paz y control comunitario de la tecnología moderna.
Cada cual puede juzgar la actualidad de esas demandas, lo conseguido cuarenta años después.
El mundo es una cárcel.
Si el pensamiento radical ha contribuído en los últimos años con reflexiones de sustento, la de observar globalmente la realidad y actuar en las posibilidades locales, es una de ellas. Angela Davis incide una y otra vez en que la opresión en Turquía, Siria, Palestina, Norteamérica, América Latina, es una misma opresión. Y pone como botón de muestra el enorme negocio de la vigilancia policial y la carcelaria. Las empresas dedicadas a la explotación de las cárceles, como G4S, dedicadas a suministrar servicios en Israel y Estados Unidos.
El libro de Angela Davis tiene estas claves y otras a la par que es un útil caleodoscopio del movimiento de liberación, feminista negro y la relación de la nueva izquierda con el poder y el progresismo institucionalizado. Una relación imposible, llena de piedras en las que se cae generacionalmente. La libertad sigue siendo una batalla pendiente.