La doctora me dicta, con una tormenta de cejas y pupilas, el diagnóstico. Cuando le digo que entiendo, en realidad quiero —qué futilidad— resguardarme de esa tormenta. Todos los átomos, desde Lucrecio, revolotean en fugaces fuegos azules, en el cielo tintineante. Por fin, la noche. Violines de grillos como adagios. Escribe Clarice Lispector: todo es