Nada más salir de la pastelería donde había comprado unas palmeritas oscuras de chocolate, cayendo la tarde ya en una penumbra idéntica, se acercó con las manos en oración. Puede ayudarme, preguntó. Tenía el pelo recogido en un pañuelo blanco como de paloma temblorosa. Puede comprarme…. La interrumpí con un sí. Eran las 18.30 de



