
Para buena parte de su país, Rodolfo Walsh es un desaparecido. Medio mundo, en cambio, lo lee como uno de los inventores de la novela de no ficción en el siglo XX. A él, acostumbrado a las paradojas policiales, no le habría sorprendido esa contradicción la tarde del 25 de marzo de 1977, cuando nada más se supo de su paradero. Hubiera sido una tarde cualquiera para desaparecer, pero no era esa la intención de Rodolfo.
Salió de su casa en San Vicente con un maletín en el que llevaba copias de una carta terminada la noche anterior y el boleto de compraventa de la casa. Él y Lilia Beatriz Ferreyra miraron en cada esquina que nadie los estuviera esperando. Los árboles arrojaban a las veredas las primeras hojas del otoño. En su guayabera beige de tres bolsillos, Rodolfo llevaba en uno de ellos una pistola Walther PPK calibre 22.
En la zona de Constitución, Rodolfo y Lilia Beatriz se separaron. Lilia vio alejarse a Rodolfo rumbo a su cita, enfundado en la guayabera beige, pantalón marrón, sombrero de paja extemporáneo y los siempre anteojos de pasta negra.
Rodolfo había adquirido el hábito de concertar sus citas en lugares transitados. Se detenía ante las vidrieras para comprobar que nadie lo seguía. Su prudencia estaba justificada. Ciento setenta y siete días antes, su hija Vicki había muerto cuando fuerzas militares rodearon la casa en la que se encontraba. Pero Walsh vivía en la clandestinidad desde mucho antes. Sabía que lo buscaban. Sus escritos lo habían convertido en una voz peligrosa para el poder, cumplía ahora tareas de propaganda clandestina en Montoneros.
La clandestinidad no era nueva para él. En 1957, mientras investigaba Operación Masacre, ya había aprendido a cambiar de nombre. Fue Alfonso Freyre. Tuvo cédula falsa. Dejó su casa en La Plata por otra en Tigre, o por un «rancho» en Merlo.
En la avenida San Juan, los transeúntes salían de oficinas y comercios en busca del subterráneo. El tránsito era lento. Los árboles de las veredas, espectrales, parecían vigilar la escena con expectación tenebrosa.
No le dio tiempo a temer. Estaba concentrado en llegar al lugar acordado. Casi treinta hombres lo esperaban.
Todos pertenecían a la Unidad de Tareas 3.3.2 de la ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada. Sabían dónde y cuándo iba a ser el encuentro. Trece días antes, José María “Pepe” Salgado, el hombre con quien Walsh debía verse, había sido secuestrado. En la ESMA, bajo tortura, le arrancaron la información necesaria para tender la trampa.
A Rodolfo apenas le dio tiempo a intentar sacar su pistola. Ernesto Frimón Weber, policía federal e integrante de la Unidad de Tareas, disparó contra Rodolfo. Las balas le alcanzaron en el tórax. Cayó en la avenida San Juan, entre Combate de los Pozos y Entre Ríos, junto al maletín y el arma corta.
Ya muerto, lo cargaron en uno de los autos Falcon del operativo y lo trasladaron, junto al maletín y el arma corta, trece kilómetros al norte de Buenos Aires, a la ESMA.
Sus asesinos lo leen
Jorge “El Tigre” Acosta tiene 35 años, 9 meses y 26 días cuando el cuerpo de Walsh llega a la ESMA. Es capitán de corbeta y jefe de Inteligencia de la Unidad de Tareas 3.3.2. Dirige torturas, ordena información, decide “destinos” de los torturados.
No se alegra de inmediato por la pieza que le traen. Lleva meses esperando ese momento. Cuatro meses antes, sus hombres habían ido por Vicki Walsh con la esperanza de encontrar también a su padre.
Lo que Jorge “El Tigre” Acosta y sus subalternos descubren son las copias de la carta que porta el maletín. Es una carta al mundo sobre lo que está sucediendo en toda la Argentina. Muertes como la suya tomadas de una en una y de miles en miles, miseria inaudita, latrocinio de los militares y la élite social.
El otro documento del maletín es más útil: el boleto de compraventa de la casa donde Rodolfo vivía clandestinamente con Lilia Beatriz. Con eso, Acosta sabe adónde ir con sus hombres.
Media hora después allanan la casita de San Vicente. Apenas entran, se encuentran con una decepción: no hay listados de personas ni direcciones. Solo una cédula falsa.
Hay manuscritos, cartas, papeles de trabajo. No saben que algunos son cuentos o relatos inéditos, otros, correcciones de algo ya publicado. Hay cuentos casi terminados. Se los llevan igual. También los muebles, la heladera, las lámparas.
Entre los manuscritos que Tigre Acosta y sus oficiales se llevan está el último relato de Rodolfo, Juan se iba por el río. Este relato no ha vuelto a ver la luz. Pero se sabe que los últimos lectores fueron Jorge “El Tigre” Acosta y los oficiales de la ESMA.
Sabía Rodolfo desde hacía veinte años que la justicia no es redentora. Su investigación en Operación Masacre no había sido solo una denuncia contra los fusiladores de José León Suárez. Fue una apuesta moral, casi ingenua, por la existencia de una justicia capaz de escuchar pruebas, y a sobrevivientes. Aquellos reportajes que luego serían libro los escribió con una lucidez amarga, poseedor todavía de una fe civil:
«En Operación Masacre yo libraba una batalla periodística “como si” existiera la justicia, el castigo, la inviolabilidad de la persona humana.«
La editorial Seix Barral acaba de reeditar Operación Masacre. Walsh convirtió una investigación periodística sobre un crimen de Estado en una obra literaria de alta tensión narrativa, anticipando la no ficción americana y desmontando el relato oficial desde la voz de los sobrevivientes.
Pero aquella confianza en la palabra escrita también tuvo su propia crisis. Walsh no solo se preguntó contra quién escribía, sino para quién. La literatura, incluso puesta al servicio de una causa, seguía circulando por los mismos canales sociales de siempre: editoriales, suplementos, lectores formados, clases medias. En una nota de sus papeles personales aparece esa incomodidad, la conciencia de que escribir para los trabajadores no bastaba si el mundo de los libros les había sido históricamente cerrado:
«Lo que dijo … que yo escribía para los burgueses. Pero me molestó porque yo sé que tiene razón, o que puede tenerla. (…) la cosa es: ¿para quién escribir, sino es para los burgueses? (…) el mundo de los libros y de los cuentos está cerrado a los obreros (poné trabajadores). Claro que somos nosotros mismos quienes lo hemos cerrado.«
Si Operación Masacre ocupa un lugar alto en el periodismo literario, la gran aportación de ¿Quién mató a Rosendo?, publicada en 1969, fue transformar la investigación de un asesinato de un sindicalista en una disección política del peronismo burocrático, mostrando cómo la violencia, la traición y el poder mafioso podían operar dentro del propio movimiento obrero.
29 de septiembre de 1976. Walsh recibe la noticia de la muerte de su hija. En la carta a Vicki, escribe desde un lugar donde la militancia, el orgullo, el miedo y la ternura se vuelven inseparables. En Walsh se cruzan el llanto seco del militante y el dolor hondo del padre:
“Vicky, la noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme, como cuando era chico. No terminé ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y a Pablo: era mi hija. (…) El día que te mataron cumpliste 26 años. (…) No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía.”

En ese trayecto de San Vicente a Constitución, antes de separarse de Lilia Beatriz Ferreyra, Walsh lleva en el maletín algo más que su última carta: lleva el peso de una vida atravesada por la literatura, la investigación, la militancia, el amor filial y la clandestinidad. Cuarenta y nueve años y noventa y cuatro días después, ese maletín aún está abierto.
Operación Masacre. Rodolfo Walsh. Seix Barral, 2026. Prólogo de Leila Guerriero. 291 páginas. 20,85 euros.