Aquella mañana abrasadora del 8 de junio de 1972, el cielo tenía el color plomizo de los malos presagios. La aldea de Trảng Bàng, a cuarenta kilómetros al noroeste de Saigón, parecía suspendida en una calma engañosa. Entonces apareció un A-1 Skyraider survietnamita y soltó de su panza cuatro bombas de napalm sobre la aldea.