
La doctora me dicta, con una tormenta de cejas y pupilas, el diagnóstico. Cuando le digo que entiendo, en realidad quiero —qué futilidad— resguardarme de esa tormenta.
Todos los átomos, desde Lucrecio, revolotean en fugaces fuegos azules, en el cielo tintineante. Por fin, la noche. Violines de grillos como adagios.
Escribe Clarice Lispector: todo es mucho para un corazón de repente debilitado, que solo soporta lo mínimo. Y, en otra página: escribir es una maldición que salva. Veo caer vertiginosamente el fruto de la noche. La prosa de Lispector hace el resto. Esta noche, escribe, ha llorado tanto un gato que he sentido una compasión profunda por lo vivo. Parecía dolor, y en términos humanos y animales lo era. ¿Era dolor o era “ir”, “ir hacia”? Porque lo que está vivo va hacia.
Traducidas por Elena Losada y Teresa Matarranz, Todas las Crónicas de Clarice Lispector, recién publicadas en bolsillo por Penguin y Siruela, tienen una exactitud técnica invisible. Lispector escribe en estado de gracia. Leerla es entrar en trance. Nada está tan despierto, tan contraído, como su prosa. Escuálida, resbaladiza. Límpida, caliente.
La puntuación. Lispector respira sin lamento en la puntuación. Escribir es una maldición. Un arrebato, un corazón vacío, el vacío que todo lo llena: no entender nada y sentirlo todo. Su tendencia a ser demasiado ella misma. ¿Comprenden lo que les digo? No hace falta, escribe: acéptenme con hilos de seda.
La voz de Clarice Lispector es de alba ámbar. Juan Rulfo la consideraba una de las grandes voces de la literatura del siglo XX. Leer Todas las crónicas convierte los ojos en escamas. Clarice es una mujer, sea eso lo que signifique cuando escribe desde su condición de viviente, contradictoria, litúrgicamente momentánea y sensible a la quemazón de la vida en cada uno de sus instantes.

Hay un amor deshuesado en las Todas las crónicas de Lispector. Una aproximación a la vigilia del ser. Ella todavía estaba en la cama, tranquila, improvisada. Ella amaba… estaba amando previamente al hombre que un día iba a amar. Quién sabe: eso a veces sucedía, y sin culpas ni dolores para ninguno de los dos. Allí estaba en la cama, pensando, pensando, casi riendo, como ante un folletín. Pensando, pensando. ¿En qué? No lo sabía. Y así se dejó estar.
La raíz firme de las cosas crece en nosotros mientras leemos. Y por eso existimos.
Todas las crónicas. Clarice Lispector. Penguin y Siruela, 2026. Traducción de Elena Losada y Teresa Matarranz. 647 páginas. 13,95 euros