
Las encuestas salpican de rojo las paredes del Partido Republicano. Desde una Casa Blanca rebosante de autorretratos, Donald Trump reparte su atención entre Xi Jinping, el estrecho de Ormuz y la campaña de noviembre. La gasolina está a la altura del ego presidencial. Hoy, sin embargo, hay baile en el salón del caos.
Washington, 27 de septiembre de 2026.
Las campañas electorales en Estados Unidos huelen a pimienta pasada. A veces también a bourbon. En los pasillos de la Casa Blanca, lejos de cualquier elixir, empieza a pronunciarse otra palabra: miedo.
Los cafés de primera hora se sobresaltan al saber quién va a beberlos. Camisas de doscientos dólares vencidas por el cuello. Corbatas desterradas por miedo a que terminen convirtiéndose en sogas. Son los restos del ejército de los spin doctors en el Washington estepario.
Degluten encuestas. Una detrás de otra. En las pantallas de sus móviles. En ordenadores esquizofrénicos.
Bienvenidos a un nuevo apocalipsis.
Firmado: San Juan.
Llegar a Washington es como besar los restos de la boca de Dante. Los atascos convierten a cientos de miles de personas en insectos encerrados en botes de metal. Por la radio escucho los últimos índices de robos del fin de semana. Embarazos no deseados. Alguna nueva violación en algún distrito. La gasolina yanqui y su precio se han mudado a la Luna.
Los otros conductores miran el móvil, aprietan el volante o escuchan las noticias parapetados en sus pequeños Fort Apache, con seguratas armados con AK-47 y tasers de 300 voltios. Las autopistas radiales de Washington parecen, por comparación, los lugares más seguros de la ciudad.
Y luego están los otros números.
RealClearPolling coloca a los demócratas en el 50,6 % del voto para elegir al Congreso, frente al 41,9 % republicano. Las elecciones serán el 2 de noviembre.
En los palacios de invierno del republicanismo no todo son alabanzas para el Führer. María Elvira Salazar ha criticado actuaciones de ICE. Mike Rogers, candidato por Michigan, ha pedido en un anuncio el final de la guerra con Irán.
Maullidos de gato.
Pero incluso los gatos arañan cuando huelen humo.
Las campañas cambian a la velocidad con la que ciertos reptiles mudan la piel en el desierto. La guerra quizá entre en otra fase. El petróleo puede que baje de los seis euros el galón. O puede que no. Aquí las certezas duran aproximadamente lo mismo que un semáforo en verde.
Un sondeo registra para el presidente Gonzo un 39 % de aprobación frente a un 58 % de desaprobación entre votantes probables.
Y entonces aparece Ormuz.
El mismo día que llegué al centro del apocalipsis washingtoniano, Trump rechazaba la última propuesta iraní para reabrir el estrecho de Ormuz.
Palabras de notaría colocadas alrededor de barcos de guerra.
En este infecto atasco, donde el tiempo se derrite sobre el capó, el estrecho está de repente aquí mismo. Entre los surtidores de gasolina. Bajo las ruedas de un Cadillac. En la radio de un camionero. Teherán y sus ayatolás han conseguido llegar hasta Michigan sin cruzar el Atlántico.
Eso es lo que tienen los imperios: las guerras lejanas terminan apareciendo en el recibo de la gasolinera.
Xi Jinping llegó a Washington.
Hubo té y pastas. También Coca-Cola.
Leo The Washington Post: el dirigente chino presionó a Trump para que se opusiera a la independencia taiwanesa. Una venta estadounidense de armas a Taiwán valorada en unos 14.000 millones de dólares sigue pendiente del humor del presidente y de su color de piel.
Xi sonríe.
Xi utiliza elogios.
Xi advierte de la Segunda Guerra Mundial.
Xi no sabe que Estados Unidos —y esta ciudad en particular— hace tiempo que inició la tercera, aunque de momento se libre en televisores, teléfonos móviles, surtidores de gasolina, mercados, algoritmos y cabezas humanas.
Trump sonríe también.
Tengo hambre.
Pero aún no han inventado puestos de perritos calientes o Burger King en las medianas de las circunvalaciones. Son el futuro, maldita sea. Un hombre podría comprarse un hot dog, un café y quizá una dosis de esperanza sin bajarse del coche.
No sé por qué pienso entonces en el harén de metrosexuales tecnológicos que estará calculando cuánta pasta gansa tiene que darle a Trump para que resucite en las elecciones de noviembre.
Quizá porque en Washington todo termina reducido a dinero, miedo o televisión.
La campaña parece uno de esos restaurantes abiertos toda la noche donde nadie recoge las mesas atiborradas de restos: China, Irán, gasolina, inflación, IA, inmigración, prensa, comunismo —sí, no alucinen, comunismo—, Taiwán, elecciones, fentanilo para los cutres y novocaína para los neoyuppies.
Todo está frío.
Todo sigue en la mesa.
Y nadie parece dispuesto a pagar la cuenta.
Luego están los demócratas.
En términos marxianos —de Groucho, naturalmente— parten de la más absoluta de las miserias para alcanzar una pobreza maravillosamente aguda. Bruce Springsteen dobla la popularidad de casi todas sus figuras políticas, lo cual quizá explique por qué algunos parecen haber decidido que el mejor programa electoral consiste en esperar a que el adversario se estrelle solo contra una gasolinera.
Quedan treinta y tantos días como éste para las elecciones de noviembre.
Treinta y tantos días de encuestas, petróleo, ayatolás, inteligencia artificial, chinos sonrientes, republicanos asustados y demócratas buscando debajo de las mesas alguna idea que todavía conserve pulso.
Mientras tanto, el tráfico avanza unos veinte metros.
Piso el freno.
En la radio vuelven a hablar de Ormuz.
Y comprendo que el estrecho por el que pasa noviembre no está en el golfo Pérsico.
Está aquí.
En Washington.