
Nada más salir de la pastelería donde había comprado unas palmeritas oscuras de chocolate, cayendo la tarde ya en una penumbra idéntica, se acercó con las manos en oración. Puede ayudarme, preguntó. Tenía el pelo recogido en un pañuelo blanco como de paloma temblorosa. Puede comprarme…. La interrumpí con un sí. Eran las 18.30 de un viernes tiritando sus alas congeladas. Ansiaba comprar no acerté a saber qué dulce. Hurgué en el bolsillo como si fuera mi alma y deposité en su mano abierta una moneda de dos euros. Recibió como una bendición antes mi gesto al saber que iba a poder tener dinero para entrar en la pastelería. Bullía una vergüenza en su expresión, pero sus ojos crepitantes del color del chocolate y sus manos en llamas humeaban una ceremonia de gratitud. Pensé en Dickens, al mismo tiempo que leía en las taimadas y oscuras nubes, a ocho grados, al personaje señor Scrooge, mi ser, en su Cuento de navidad.
Ayer, en el aguacero diluviano, sin coincidencias en el espacio, compré a las cinco de tarde un boleto de los ciegos junto al ambulatorio. Allí, en sus arcadas un joven, ataviado con una sudadera y pasamontañas había juntado múltiples cartones, y con un saco, levantado un campamento de campaña. Su inquilino pedía junto al puesto de lotería. Diluviaba con una rabia inaudita y premonitoria.
Me acerqué y le entregué no sé. Seguía diluviando. No tenía él dónde ir y yo desconocía hacia dónde emprender camino. Me preguntó si podía vigilar los cartones y el saco – es todo lo que tengo, y, ya sabe, los chavales pueden venir y … – pero le respondí que me tenía que marchar. Iba al supermercado, añadió, supongo que a comprar la cena con el par de monedas que acaba de darle. Hoy a la tarde, seguía allí. Esta noche ha clavado sus negros colmillos de cinco grados sobre seres como él.
Me acuerdo de repente de María. Gracias, me dijo hace cuatro semanas. Había vuelto, después de tanto tiempo, a pedir en la puerta del Banco Santander, esquina Ercilla y Urkijo. Las primeras mañanas que la observé, a distancia pero hora a hora, en mis pulmones y el alma se colaba un aire igual de glacial que el gesto y la mirada de los cientos de personas que ante esa mujer de más de sesenta años pasaban a lo largo de la mañana sin inmutarse.



