
El desastre del Partido Laborista en las elecciones municipales en Inglaterra es el síntoma de una crisis nacional mucho más profunda: malestar social, agotamiento del bipartidismo, pérdida de lealtades históricas y un sistema electoral que ya no encaja con una democracia multipartidista. Esta es la tesis de James Butler publicada en London Review of books.
Butler sostiene que muchos ciudadanos votan, los que votan y los que no, en clave nacional en elecciones locales inglesas es racional, porque los ayuntamientos tienen poco margen político frente al poder central. El enfado de los votantes no sería un capricho, sino una respuesta lógica a una Gran Bretaña empobrecida, precarizada y pesimista.
Butler interpreta el batacazo de los laboristas como una señal de que el Laborismo de Starmer está perdiendo simultáneamente por varios flancos: hacia Reform – el partido de Farage – entre votantes conservadores/Brexit y sectores descontentos; hacia los Verdes entre progresistas urbanos y votantes de izquierda; hacia independientes en zonas sensibilizadas por Gaza, segregación o desencanto comunitario; y hacia la abstención entre antiguos votantes laboristas.
Butler rechaza la explicación simplista de que “los votantes laboristas se están pasando masivamente a Reform”. Muchos antiguos votantes laboristas se abstienen o se van a los Verdes, mientras que Reform crece sobre todo conservando su base y captando exconservadores.
Starmer, según Butler es un líder incapaz de ofrecer una explicación convincente del malestar social, demasiado hostil hacia su propia base progresista y atrapado entre girar a la izquierda o seguir persiguiendo votantes de Reform.
El paisaje político es sombrío: cambiar de líder quizá no solucionaría nada, porque el problema es más estructural que personal. La advertencia para el Laborismo es clara: cuando un partido trata con desprecio a sus propios votantes, abstenerse o votar a otros se convierte en una forma perfectamente racional de enviarle un mensaje.