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El asesinato del periodismo

Iñigo Elortegi 26 julio, 2021     Comentarios cerrados    

Una de las últimas fotografías de Danish Siddiqui. Foto: India Today.

Si el periodista que cubre una guerra pierde sus convicciones, ¿qué esperanza nos queda a los demás?

Algunas de las veces quien lee, lee sangre de verdad. Algunos escritores o periodistas cierran el epílogo de sus crónicas con su propia muerte. ¿Nos sirve de algo a nosotros? ¿Sirve de algo para quienes después de nosotros leerán esas crónicas? El fotógrafo indio Danish Siddiqui falleció, es decir, fue asesinado, durante un enfrentamiento entre los talibanes y las fuerzas de seguridad afganas en la ciudad de Spin Boldak, en la provincia sureña de Kandahar. La causa de su muerte no fueron las balas disparadas desde un lado o desde los dos, sino dar la noticia de que la realidad en Afganistán poco tiene que ver con el chillón color prefabricado por los constructores políticos de la realidad.

Dos periodistas occidentales, David Beirain y Roberto Fraile murieron, es decir, fueron asesinados, tras un ataque paramilitar en Burkina Faso. Beirain y Fraile grababan un documental sobre una guerra particularmente moderna, la caza furtiva en ese país que tiene su destino en el acomodado occidente. ¿A qué ávido lector de periódicos del domingo, con sus anuncios de productos de bisutería con marfil y piezas de este glamoruso material extraído de animales cazados furtivamente, le interesa saber que su fascinación es el final de una cadena de violencia, muerte y depravación? No es de extrañar que el asesinato de David Beriain y Roberto Fraile no haya regurgitado siquiera un reportaje de esos en que la prensa se presenta a sí misma como una Juana de Arco de la información.

La última Juana de Arco que la prensa occidental presentó ante el tanatorio de la verdad moderna, es la notable y noble periodista norteamericana Marie Colvin. Murió bajo el bombardeo del ejército de Al Assad al edificio en ruinas donde se refugiaban los periodistas que en febrero de 2012 cubrían el asedio a la ciudad siria de Homs. Robert Murdoch, propietario del diario para el que trabajaba Colvin, The Sunday Times, atravesaba un asedio parecido. Un periódico de los muchos de su propiedad había hackeado teléfonos para obtener revelaciones. Su cadena de periódicos y televisiones había apoyado la invasión de Irak sobredimensionando la naturaleza de las pruebas que estaban a punto de mostrarse como un burdo montaje en dos investigaciones del senado norteamericano y el Consejo Privado del Reino Unido.

Sería inexacto afirmar que en el imaginario de los lectores occidentales de prensa o información televisada resuenan aún los nombres del cámara José Couso y el ucranio Taras Protsyuk, abatidos el 8 de abril de 2003 por los disparos de un tanque norteamericano contra el hotel Palestine en Bagdad donde se alojaban numerosos periodistas. Couso grabó su propia muerte.

El asesinato de Couso y Protsyuk fue la constatación de una metafórica evidencia. El relato de los planificadores y ejecutantes de la realidad política y bélica se impondría incluso a quienes estaban destinados a narrar la propia realidad. Es difícil cuantificar el daño colateral de esta victoria tan terriblemente autoritaria.

El archipiélago del cinismo político ha inundado la verdad del pensamiento y de los actos que antaño pasaban primero por el tamiz de la filosofía y la ética, anegándolos con la marea del relativismo oportunista. Es el signo de nuestra modernidad.

Fue Dickens quien primero descifró el artificio maniqueo de la modernidad en su novela Tiempos difícles. Toda la suerte de valores que emergieron al albor industrial con su búsqueda del beneficio y el crecimiento infinito hicieron posible que la verdad, considerada como una reminiscencia del pasado, se apartara frente a lo posible: el avance tecnológico, la conquista de mercados y poblaciones. Todo ello ha configurado nuestro modo de vida.

De una u otra manera, los cronistas, los literatos, los poetas, los plebeyos de la cotidianeidad, los convertidos en expatriados de las ciencias puras y los disidentes de la Academia, se convierten en bufones insignificantes en cuanto a número, pero significativos en su relevancia simbólica.

Las crónicas que Marie Colvin escribió en el Sunday Times desde febrero de 1987 hasta el 19 febrero de 2012, horas antes de morir, son un rayo de luz moral. La literatura supera a la historia en su capacidad moral. Se dirige al ser humano, como en un acto revolucionario, para rescatar su dignidad, para comprometerlo con el reconocimiento y la defensa de la dignidad de los demás. Las ideologías y el poder observan con un reconfortado alivio el retroceso de las humanidades y el exilio prófugo de la razón ética y la literatura cada vez más ausentes en los medios de comunicación.

Por eso la muerte de todos estos periodistas es la metáfora maligna no solo del periodismo, sino de nuestras sociedades. La verdad, que, cuanto más incómoda, más necesaria, como defendió Orwell, ha sido eliminada por todas las ideologías del poder. Estas pueden sostener lo uno y lo contrario en un tiempo récord. Los principios se pliegan al oportunismo político más decadente y desvergonzado. El epitome de esa decadencia es la guerra en Irak sostenida y mantenida durante casi veinte años de nuestro siglo mediante mentiras y burdas falsificaciones, amés de un vergonzante número de vidas humanas. La democracia occidental decidió luchar contra la verdad en cada uno de nosotros.

El precio que hemos pagado es una cínica indiferencia en nuestra vida. Hace casi noventa años, Theodor Adorno Y Max Horkheimer advirtieron de la peligrosa dictadura victoriosa de la razón instrumental. En el prolijo trabajo de Danish Siddiqui, José Couso, David Beirain, Roberto Fraile, Marie Colvin y otras decenas más, quizá podamos encontrar esquirlas de esa verdad que nos falta como si fueran magníficas perlas en un coral que se preveía devastado.

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Autor:  Iñigo Elortegi

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