
El cómic en español estaba muerto. Eso se decía en 1997. Los quioscos y librerías cerraban unos tras otras. Los lectores envejecían sin relevo. Las revistas de historietas desaparecían. La resurrección del cómic tuvo lugar en una ciudad: Bilbao; una librería especializada: Joker; y una editorial: Astiberri.
La editorial Astiberri cumple 25 años y ha recibido el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural. Por encima de la efeméride y del premio hay un milagro: cómo una editorial independiente entendió que el cómic era algo más que cómic. Era reportaje, crónica, ensayo visual, literatura, periodismo de guerra, humor adulto.
La prensa recortaba páginas, y convertía el reportaje largo en una especie en extinción. La televisión sustituía la narración por el impacto. La radio perdía espacio para la crónica pausada. Los grandes conglomerados editoriales solo medían rentabilidad de temporada. El cómic recogió aquello que los demás abandonaban, una casa para géneros desplazados.
Ahí cabe Pyongyang, de Guy Delisle, crónica de viaje, reportaje político y diario de extrañamiento en Corea del Norte. Cabe Píldoras azules, de Frederik Peeters, que convierte la enfermedad, el amor y la vida cotidiana con el VIH en una autobiografía sentimental sin solemnidad. Cabe Blankets, de Craig Thompson, novela de formación, memoria religiosa, educación amorosa y gran relato íntimo de 600 páginas. Cabe María y yo, de Miguel Gallardo, que cuenta unas vacaciones con su hija autista sin convertir la diferencia en sermón ni la ternura en pastiche. Cabe Arrugas, de Paco Roca, que llevó el Alzheimer, la vejez y los cuidados al centro de la conversación cultural. O el colosal Perramus, de Alberto Breccia y Juan Sasturain, interregno sabatiano en la dictadura militar argentina.
Astiberri nació en Bilbao en 2001, en torno a la librería Joker y con Fernando Tarancón al frente. Desde el principio tuvo clara una idea: el cómic no tenía por qué seguir atrapado en el formato grapa ni en los márgenes del quiosco. Podía ser libro. Podía ocupar una estantería junto a una novela, un ensayo o una crónica. Esa intuición, inspirada en parte por modelos como L’Association en Francia, fue decisiva.
Los primeros pasos combinaron traducciones y obra propia. Mis circunstancias, de Lewis Trondheim, abrió una puerta internacional; Mitologika, de Aritza Bergara, Raquel Alzate y Ricardo del Río, mostró que la editorial también quería construir desde aquí. En 2003, con la llegada de Laureano Domínguez y Javier Zalbidegoitia, el proyecto ganó músculo. Poco después llegaron apuestas que entonces parecían arriesgadas y hoy parecen inevitables: Píldoras azules, Pyongyang o Blankets. Publicar un volumen de 600 páginas en blanco y negro, a 35 euros, era una temeridad para la vieja industria. Pero Astiberri leyó bien el cambio.
Ese cambio tenía que ver con el lector. El cómic ya no hablaba solo al aficionado tradicional, formado en superhéroes, álbum europeo, manga o revistas satíricas. Empezaba a atraer a lectores de no ficción, de memoria histórica, de periodismo, de literatura autobiográfica o de relato social. Alguien podía llegar a Guy Delisle desde la crónica de viajes, a Paco Roca desde el drama social o a Miguel Gallardo desde la memoria familiar. El cómic dejaba de ser un territorio cerrado.
También había una generación joven para la que la mezcla de imagen y texto no era una rareza, sino una lengua natural. Venía de las pantallas, el manga, el anime, los videojuegos, las series y las redes. Para esos lectores, la narración gráfica era su manera de leer el mundo.
Ahí está una de las claves de Astiberri: no trató el cómic como una moda que había que acelerar, sino como un catálogo que cuidar. Su independencia no se mide solo por el tamaño de la editorial, sino por la forma de asumir riesgos: acompañar autores, sostener obras incómodas, traducir voces no evidentes y defender libros que quizá no encajaban en la lógica más inmediata del mercado.
Veinticinco años después, el catálogo de Astiberri supera los mil títulos vivos y reúne a autores internacionales como Edmond Baudoin, Léa Mazé, Jason Lutes, Eleanor Davis, Jeff Smith, Frederik Peeters, Craig Thompson, Alberto Breccia, Shigeru Mizuki, Guy Delisle, Jeff Lemire, Yaro Abe o François Bourgeon. También ha sido una casa decisiva para autores españoles como Javier de Isusi, David Rubín, Santiago García, Pepo Pérez, Miguel Gallardo o Paco Roca.
Obras como La pipa de Marcos, La tetería del oso malayo, El Vecino, Arrugas o María y yo muestran hasta qué punto el cómic ha ampliado los temas y las formas. Puede hablar de vejez, familia, política, memoria, enfermedad, ciudad, viaje o precariedad sin pedir permiso a la novela, al cine ni al periodismo. No necesita parecerse a otro género para ser legítimo.
Por eso el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2026 no reconoce solo a una editorial. Reconoce una transformación: la del cómic convertido en uno de los espacios más vivos de la narración contemporánea. Durante años se dijo que la historieta española estaba agotada porque se la buscaba en los lugares de siempre. Astiberri fue una de las editoriales que entendió que el cómic estaba cambiando de soporte, de lectores y de ambición.
El cadáver, si alguna vez lo fue, no solo respira. Publica, vende, emociona, incomoda y cuenta algunas de las mejores historias de nuestro tiempo.