Una febril metáfora. Una catástrofe de serie española B. Tras la primera avalancha del fukushima ibérico, parece venir la hora de los internados. Aquellos que fueron sometidos por «especialistas» científicos y gobierno al sacrificio – el perro excalibur a quien no se le realizaron siquiera análisis -, y los apestados culpables – la enfermera Teresa Romero y su compañero -. Estos últimos hablan ahora y con ellos el propio virus que parece dirigirse a la mansión de la señora Mato, el consejero de sanidad madrileño, los especialistas gestores, y quién sabe si llegará hasta Moncloa. Puede quedar una buena cohorte de la corte científica que firma informes que se convierten en edictos no solo de conducta sino de vida cotidiana.



