
Ha muerto Frank Gehry. El de la brillante huella de titanio. El arquitecto referencial de la vanguardia museística en el mundo, el Guggenheim bilbaíno. La ciudad que ha cambiado de luz con su fulgente gema. Son muchos los titulares que valoran a un hombre que sacó a la ciudad del desmantelamiento industrial y lustró el lienzo de un Bilbao herrumbroso, que escupía sus esputos grises y rojizos.
No me llevo bien con los elogios, menos con las adoraciones y glorificaciones – incluso con las merecidas –, así que permítanme apisonar tantas calificaciones loables para allanar y apretar caminos que me lleven a algún alfilerazo crítico. He releído a Iñaki Esteban que, en 2007,escribió El efecto Guggenheim. Del espacio basura al ornamento. “El primer día del Guggenheim, como una configuración ornamental propia de un sistema en el que la información, el diseño, la comunicación, el marketing y el consumo cuentan mucho más que el arte”.
Era un 18 de octubre de 1997, celebridades de medio mundo asistían al nacimiento de Bilbao como ciudad de alto standing y centro de turismo; asistían con sus visas platino que rivalizaban en brillo y poder con las 33.000 placas de titanio que recubren el edificio. Y como no entra dentro de lo raro, sino de lo normal (para no empañar el “maravilloso resultado” de regeneración urbanística y la función económica del museo), estos días del deceso de Gehry no hay mención a ese episodio de la publicación en 2001 de un informe del Tribunal de Cuentas Del País Vasco, en el que se señalaba una desviación de 2.500 millones de pesetas respecto al presupuesto por la construcción, urbanización y equipamiento del museo; al contrario, el elogio es común en los medios (que he leído) cuando se menciona que Gehry se ajustó al presupuesto inicial. También se omite que en la contratación de 75 plazas de personal (se habían presentado 50.000 aspirantes) se siguieron criterios de afinidad partidista. ¡para qué detenernos en estas pequeñeces! ¡Cosas de resentidos que no creen en resultados triunfales! “El descreído, el crítico, el pesimista, llevan la marca del apestado”.
La cosa alcanzó tales delirios que en 2005 se organizó una prueba de coches de Word Series, el nivel inmediatamente inferior al de la Fórmula 1, el déficit institucional superó los 8 millones de euros, así que en 2006 se cambió de tercio y se organizó tres días de rock, ¿y que decir de la idea que la Diputación tenía en mente de un teleférico que habría salido del centro de Bilbao para que se viera el Guggenheim desde el aire, y que habría llegado a Artxanda?

Hoy es imprescindible sacarse fotos delante del Guggenheim. Estar en este sitio es importante. Se actualiza lo que sostenía el filósofo alemán Feuerbach “nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa”. Se puede decir que el “atractivo” es para los visitantes extranjeros. Los vizcaínos acuden poco al museo y menos los ciudadanos del resto del País Vasco. El Guggenheim ya había desbancado al árbol de Gernika como símbolo de la provincia (en una encuesta de la Diputación de Bizkaia, en el año 2.000, el roble de los antepasados apareció a 8 puntos por detrás).
Iñaki Esteban apunta en su libro que es injusto ese tratamiento de “museo espectáculo”. El Guggenheim también ha tenido valiosas e importantes exposiciones.
Otro tema que trata en El efecto Guggenheim es si es un museo o un centro de exposiciones, duda a la que destina el capítulo tres.
Un reputado arquitecto, Philip Johnson, contradijo a los que no lo consideraban museo de un modo muy pragmático: “si la arquitectura es tan buena como en Bilbao, que se joda el arte”.
El que sea muy romántico y le gusten los paisajes horrendos o idílicos; idílicos por horrendos, cuando pase por la Campa de los Ingleses no podrá dejar de ver la fábrica de laminados de Velasco, o los contenedores apilados como anchas columnas herrumbrosas, o los barcos de la compañía Pinillos que hacían la ruta Canarias-Bilbao cargados de plátanos.
El efecto Guggenheim. Del espacio basura al ornamento, Iñaki Esteban. Anagrama



