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El mejor cuento que he escrito nunca

Txefe Martinez Aristín 24 octubre, 2025     Comentarios cerrados    

No me enfadé mucho. Para nada sentí esa rabia que otras veces me enrabieta. Era extraño que me quedara tan tranquilo cuando cogí el metro de vuelta; y cuando por la megafonía interior oía el anunciao de las estaciones, yo repitiera para mis adentros: “todo lo que ocurre es necesario. Próxima estación, Sarriko: todo lo que ocurre es necesario. Próxima estación, San Ignacio: todo está bien”.

Dicen que cuando una mentira se repite muchas veces, se convierte en vedad.

Está bien que el mejor cuento que he escrito acabase en una papelera de la Biblioteca Central.

Os lo explico.

Mi autor preferido es Dostoievski, y Memorias del subsuelo, el libro que más he leído. Vuelvo una y tora vez a él. Puedo decir que he dejado la vista en sus páginas. Mi admiración por el hombre que vive en un cuchitril y mi trastorno maniaco compulsivo, hizo que me mudase a una instancia parecida. Encontré una planta baja en un callejón estrecho y largo que se abría a una calle estrecha y corta. Allí vivo, entre paredes. Pronto, al comenzar la tarde, tengo que encender una lámpara y enchufar el radiador, lo que me producía otra clase de temblor pensando en la factura venidera de la compañía eléctrica. Para evitarlo iba a la Biblioteca Central a leer y escribir.

Escribía en el reverso de unos folios, que por la otra cara fotocopiaba con las noticias que me interesaban en de los periódicos del día. Es así porque mi amiga Isabel tiene un quiosco que parece un bazar. En el pequeño espacio de su tienda se junta en estado amorfo e indefinido, que se supone anterior a la ordenación del cosmos, toda clase de material de papelería, revistas, libros de primera, segunda, tercera… mano, los periódicos del día y sus promociones (se consiguen con Puntos que hay que recortar del lado inferior derecho de la última página) de sartenes, sandalias, paraguas, fulares, barras de labios, etc., y una fotocopiadora, que por su automatismo de número y pulsaciones es lo único de toda la tienda que tiene una armonía pitagórica poniendo un poco de orden al lugar.

Ocurrió un día. Fui a la biblioteca municipal con puntualidad kantiana y rompí, ¡tris tras!, unas cuantas hojas que creí leídas de los periódicos. Las tiré a la papelera sin darme cuenta de que, en una de ellas, en la otra cara, estaba el mejor cuento que he escrito nunca.

Normalmente soy de carácter colérico, pero ya conocéis mi método: próxima estación, Lamiako: todo lo que ocurre es necesario. Próxima parada Areeta: todo está bien.

Sigo yendo a la Biblioteca Central, aunque ya no leo ni escribo nada. Me quedo escuchando las toses y carraspeos de los allí presentes. Calibro el número de los zapatos que calzan los que entran y salen, según el peso y la presión en el suelo. Me fijo en la gente cuando se quita y se pone los jerséis de variados colores, azules, verdes, granates, grises, fucsias, estampados, y la sala de estudio de la Biblioteca Central es un jardín de azucenas, camelias, gardenias, hortensias, margaritas, de jerséis. Observo a las mujeres cómo se estiran levantando los brazos para recoger su largo y culebreado pelo, ¡ah, que bellas!, parecen cariátides griegas. Pero no puedo dejar de pensar en el mejor cuento que escrito nunca, aunque esté en el limbo de lo que no puedo acreditar.

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Autor:  Txefe Martinez Aristín

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