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Hombre sin rumbo con idea fija

Txefe Martinez Aristín 20 septiembre, 2026     Comentarios cerrados    

Uno sesenta y ocho. Mide uno sesenta y ocho, un hombre. Sin embargo, para la gente con la que se cruza en el ir y venir de todos, su altura es de uno setenta y dos. Sus zapatos, la suela de sus zapatos y las plantillas interiores, le elevan cuatro centímetros. El hombre es de la variedad de los que transitan las calles de la ciudad sin ningún fin aparente, porque viene y va, se da la vuelta, media vuelta, vuelta en redondo por las manzanas de la ciudad, generalmente cuadrangulares, aunque también pueden ser redondas para ajustarse a la primera acepción del diccionario.

El hombre sube por una calle empinada, asciende otra, y baja todas las que ha subido, ¡cómo no! Además gira una esquina y coge otra calle, ora comercial, ora peatonal. Es decir, para aclarar, por si no ha quedado claro, y antes de que se encienda el alumbrado público para que lo veáis nítido, que un hombre da vueltas y se da la vuelta sin ningún fin aparente, pero disimulando porque sí lo tiene.

Lo que tiene es un propósito, un motivo que le hace deambular por las calles de su ciudad, una misión, una meta, un objetivo, un plan y un destino, ¿que cuál es?, pues no es otro que mirar las matrículas de los coches aparcados y vacíos de ocupantes y predestinados a que la gente que va y viene, con la determinación falsa de dirigirse a alguna parte, y cumplir una obligación, de entrar en una tienda, con la intención falsa de comprar algo que le hace falta, con la idea, distinta o confusa, de una sustitución de algo que sienten los ocupantes de los autos vacíos en relación con su propio vacío y tal y cual, vuelvan y arranquen el motor y el auto se ponga en marcha para ir y volver y volver para ir a demostrar la certeza del tiempo circular, del eterno retorno de los mismos acontecimientos y tal y cual.

Un hombre mira los cuatro números y las tres letras de los coches colocados, transitoriamente, en lugares señalados al efecto, con la aspiración de que la suma de los cuatro números, multiplicada por dos, de algunas de las matrículas, cientos, miles de placas dé la edad actual del hombre, y de que las tres letras coincidan con las iniciales de su nombre compuesto y de su primer apellido.


Constante, persevera en su fin. Cuando su esposa le pregunta el motivo de tal obsesión, el hombre no le da una explicación satisfactoria, hasta ahora, porque siendo el número de átomos finito, tiene que darse una combinación que repita de nuevo lo que ahora pasa y tal y cual.

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Autor:  Txefe Martinez Aristín

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