
La obra “Incendios” comienza como Romeo y Julieta y finaliza como Edipo Rey. En esta obra hay dos clásicos. La leyenda sienesa a la que Shakespeare dio fama con su tragedia y el mito que Sófocles argumenta y da pie a obras literarias y artísticas hasta nuestros días. La rivalidad entre capuletos y Montescos se transforma en un imposible amor entre dos jóvenes, ella cristiana y él árabe refugiado en los campos palestinos del Líbano.
Si la causa de la peste en Tebas responde a que ha quedado impune la muerte de su viejo rey y hay que buscar al culpable, en Incendios los culpables de la guerra y los refugiados que causa, así como de los asesinatos de civiles, se diluyen en un encadenamiento de acción-reacción que extiende los trazos criminales claros y contundentes en responsabilidad difuminada. En su larga duración esta obra sigue el rumbo de descorrer velos sin poner faz al terror. El ánimo de su creador, Waidi Mouawad, recoge el guante de Edipo, pues hay todo cuanto se puede pensar de lo humano, cual es el germen de algo original irresoluble: los hombres, con su misma potencia y su mismo poder se convierten en locura y ruina. Los protagonistas ven fragmentos de realidades, que como un fuego graneado se hace al mismo tiempo por todos los soldados de un grupo y de otro.
El resultado es pedazos y trozos donde los valores de humanidad no son más que teorizaciones. Todos sienten el terror y el desamparo como un cuerpo robusto, como un pico negruzco, como unas patas grisáceas que conforman una realidad donde las palabras de esperanza y amor, sirven para aferrarse a ellas, como clavos en una pared desvencijada. Los personajes sienten miedo y angustia, se bloquean ante soluciones que llevan a convertirlos en verdugos después de ser víctimas. Caben preguntas por doquier, pero no hay respuestas, o estas resultan tan absurdas como incomprensiblemente abiertas a nuestros ojos. Cabe impotencia, que sometida al tratamiento de una puesta en escena acertadísima con videoescenas de Álvaro Luna, da saltos en el tiempo y se ajusta con eficacia y aparente sencillez a la hora de montar las acciones que cada época requiere. Mario Gas ha dirigido un excelente trabajo (tal vez un poco largo para mi gusto) que no hace mas que añadir mas fuego a Incendios tanto por su impecable puesta en escena como por la dirección de actores, pues todos ellos se sumergen en sus personajes haciéndonos vivir sus tragedias con fuerza y credibilidad. Las imágenes y las palabras “La infancia es un cuchillo en la garganta” hieren como puñales en los ojos y se meten en nuestro inconsciente para que cuando salgamos de allí nos sigan golpeando con fuerza.
Cuando la obra termina y las luces se encienden, los espectadores seguimos jugando a “La gallinita ciega”, dando palos al aire, tratando de desenredar nudos.