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La ceremonia del a Dios

Pilar Hernández Urgoitia 25 diciembre, 2025     Comentarios cerrados    

André nos escribió que era inviable una ceremonia religiosa para la pequeña Claude, pues Dios no había hecho acto de presencia en los tortuosos ocho meses de su vida. No es dolor lo que brota de André, pienso, mientras leo su WhatsApp, sino un nebuloso sentido de la equidad doliente, un intento de restituir a la pequeña Claude algo de su dolor.

Claude estuvo los últimos ocho meses de su vida en manos de los humanos, no del creador. La impotencia de los primeros, frente a la ausencia del segundo. El denuedo de André y Nancy, y el pequeño Michel que iba a donar parte de su médula para su hermana Claude. La pavorosa injusticia.

Hace meses que no vemos a André. Sé que no es el mismo ni vive nuestro mundo de sombras. Tampoco a Nancy ni al pequeño Michel. En 2030 quizá lleguemos a Marte. Pero en el Hospital de C. no pudieron curar a la pequeña Claude. Robert me dice que Nancy dice ser el segundo cuerpo que entierren junto al de su hija en el cementerio de S.

¿Hay un por qué al tremendo dolor de la pequeña Claude? ¿El azar corteja a la crueldad hasta encontrar, como el agua furiosa, su cauce? ¿Qué sentido tiene alumbrar un ser al que no se le puede aliviar un dolor indeseable? ¿Sería todo más armonioso si aceptáramos la muerte de otra manera? ¿De cuál?

Maxime y yo hemos llorado leyendo en la cena de nuevo el WhatsApp de André. Tras la ventana, en el fuego azul algunos cohetes gemían hasta apagarse dolorosamente. Maxime ha dicho: “puede que este país merezca a sus políticos, pero no a sus médicos”. ¿Y a su Dios?, he preguntado. O la ciencia que tras tres mil años no puede curar a la pequeña Claude. Fíjate, ha respondido con ahogo, ahí fuera hay tanta quietud moviéndose, el dolor puede venir en cualquier momento. No he estado segura de que sea así.

El estruendo afuera declinaba. La celebración del nacimiento del hijo de dios. La oscuridad se ha cobijado en la habitación y tiembla. Puede que en unas horas todo, con atropello o furia, recobre su lugar – ¿Qué lugar si todo ha cambiado de lugar? –. Cómo aceptar la posibilidad de lo ocurrido como lo único posible. ¿Por qué todo el amor posible no fue mínimamente posible?

Nos hemos acostado como para refugiarnos de este transcurso. Afuera rugía un viento de reproche llamándonos por la ventana.  

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Autor:  Pilar Hernández Urgoitia

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