
Amanecí encolerizada, escribe Clarice Lispector. Al igual que a ella, tampoco me gusta el mundo. La mayoría de la gente está muerta y no lo sabe, o están viva y llena de falsedad. El amor, en vez de entregar, exige. Y prosigue: los que nos aprecian quieren que seamos lo que necesitan. Mentir causa remordimientos y no mentir es un don que el mundo no se merece.
Quisiera hacer, igual que Lispector, un acto definitivo que reventase el tenso tendón que sujeta mi corazón. Lo que hicimos con amor y entrega se hizo añicos.
Se espera inútilmente el milagro, escribe Lispector. Y quien no lo espera está todavía peor. Yo lo espero cuando me asomo a la ventana, todas las ventanas del día. También cuando veo en las pantallas al Papa de visita en España. Pero no sé si tiene razón Clarice cuando asevera que las iglesias están llenas de los que temen la cólera de Dios y de los que piden la gracia, que sería lo contrario de la cólera. ¿Los contrarios son las alas de la existencia?