
David Rieffe, (Boston, 1952), licenciado en Historia por la Universidad de Princeton, analista, periodista y crítico cultural, sostiene que lo woke – el empoderamiento antirracista que surgió con el Black lives Matters y que se extiende a buena parte del feminismo, o el movimiento LGBT – es el cartílago que hace mover la moral del nuevo capitalismo dejando impolutas sus desigualdades. Un ejemplo. La Asociación de Estudiantes Negros de Derecho de Georgetown exigió que Ilya Shapiro, profesor de la facultad, fuera cesado por haberse enfrentado a la decisión del presidente Biden de elegir sólo entre jueces negros la plaza de Stephen Breyer que se jubilaba. Los estudiantes adujeron el daño moral que les había causado la exposición del profesor Shapiro. Un estudiante exigió un “espacio seguro” para que todos lloraran. Rieffe llama la atención que lo que indignaba a los estudiantes negros eran los argumentos y comentarios del profesor y no las condiciones de los negros menesterosos, ni la falta de vivienda etc.
“Todo movimiento”, dice Rieffe, “tiene sus mercachifles, y no estoy en absoluto convencido que lo woke cuente con más de ellos que otros. Resultan mucho más interesantes sus propios delirios. Pues creen que están redimiendo la cultura y las humanidades y cada vez más el campo de la ciencia, tanto ética como intelectualmente. aunque sean incapaces de percibir que son el estertor de las humanidades”. ¿Por qué surge esto en el mundo académico y universitario en el mundo anglosajón, en América Latina, y el europeo cada vez más? “Obedece a que en un mundo en el que las universidades se están convirtiendo en escuela de oficios y el pasado solo se considera de interés en la medida de su presente relevancia, lo woke desempeña un papel en extremo importante de proveedor de lubricante ético que propicia dicha transición”. Con ello, la cultura y la universidad como transcendentes de las comunidades y los individuos queda convertida a migajas.
Esta es una de las ideas del libro Deseo y destino. Lo woke, el ocaso de la cultura y la victoria de lo kitsch escrito por David Rieffe, traducido por Arelio Major, y publicado por Debate.
Para Rieffe, los dos elementos más potentes de lo woke son el proyecto de moralización total y el proyecto de politización total. Con respecto a esto último no hay lugares exentos de politización pues lo no político no existe para ellos, es una máscara del racismo, el patriarcado y la explotación que lo woke trata de derrocar. Podemos verlo en el caso de los responsables del campamento de Bernedo (Álava) que consideraban las duchas de menores un espacio donde implementar políticas de género. O en un caso que pone Rieffe, que va más allá, porque entra dentro del deseo y el placer: en la militancia de género es cada vez más común cuestionar las preferencias y preguntarse, por ejemplo, rehusar mantener una relación un heterosexual o lesbiana que no deseen mantener relaciones sexuales con una mujer trans con pene, por posible caso de transfobia.
Ser una buena persona es un acto político. En consecuencia, resulta imposible e insoportable que un racista lo pueda ser o que llegue a realizar un descubrimiento o una obra de arte en favor de la humanidad. Para salvar esta disonancia cognitiva lo woke trata de redefinir la categoría de “hacer algo mejor”. El logro obtenido por “las malas personas” es un producto de la jerarquía social y el heteropatriarcado, mientras que a los buenos políticamente les vale el mérito de serlo, aunque sus logros sean más bien nefastos. Este es el caso de la ministra Irene Montero y su criticada y muy mejorable ley contra la violencia de género. El fracaso de su ley está salvado por la nobleza de quienes la impulsaron, mientras que las críticas están fundadas en el carácter machista y reaccionario de quienes las hacen.
De cómo lo woke ha penetrado exitosamente la industria cultural, Rieffe pone el ejemplo de la expurgación llevada a cabo por la editorial Random House de todo lenguaje considerado ofensivo en las obras del autor Roald Dahl, autor Matilda y Charlie y la fábrica de chocolate. La editorial británica se adelanta a cualquier proclama en redes y ofrece a cierta burguesía ilustrada salvar la obra de Dahl o la de Shakespeare para que puedan leerlos con la conciencia tranquila. En Matilda, Random House suprime de párrafos enteros alusiones a escritores que ahora se consideran racistas y los sustituye por autores que se consideran ahora progresistas. Por ejemplo: “viajó en veleros de antaño con Joseph Conrad. Fue a África con Ernest Hemingway y a La India con Rudyard Kipling” queda sustituido por: “se paseó por fincas del siglo XIX con Jane Austen. Fue a África con Ernest Hemingway y a California con John Steinbeck”.
Los estadounidenses, tanto de derecha como de izquierda casi no pueden recurrir a otro lenguaje que parezca veraz, a otra justicia o reparación que no parezca el de la fiebre obsesiva de lo subjetivo. Esto quiebra el pensamiento, dice Rieff, y modifica el quehacer y el debate político. Vivimos en una cultura en la que no considerarse víctima se ha convertido en la patología social.
Hay una constante metaforización del trauma. Se trata de que cada individuo gobierne plenamente su propia identidad, basándose en cómo se siente. Esta socialización de lo subjetivo es muy norteamericana: yo puedo ser lo que deseo. Con el movimiento trans esto se lleva al esencialismo subjetivo, en el que el sentimiento identitario de por sí identifica quién se es. La equivocación queda por completo descartada. Los sentimientos son elevados a la categoría de dioses romanos, descartando su naturaleza migrante, paradójica y hasta desertora.

Esta analogía de lo woke entre deseo y destino y determinación, es fundamental pues Rieff encuentra aquí el por qué la izquierda abandona el determinismo histórico o la lucha colectiva contra las desigualdades del siglo pasado para abrazar la versión más reaccionaria del individualismo americano, pero con la mentalidad de revolución cultural de los totalitarismos más lúgubres. “Yo soy lo que yo diga. Toda negativa a reconocerlo me está negando a mí”. Y los negacionistas son el verdadero enemigo político a batir en todos los ámbitos. El “filisteísmo extático de la política identitaria ya lo ha barrido todo en Estados Unidos, cuya hegemonía cultural sigue siendo absoluta en Latino América y Europa”.
La izquierda progresista ofrece hoy solo “derechos de boutique para identidades de boutique”. Viene a la memoria esta adulación por la virginidad pura y no contaminada por jerarquías en este caso heteropatriarcales y de género en los niños, a la idea semejante que los maoístas en la revolución cultural o los jemeres rojos tenían de los menores educados en los bosques fuera del alcance de la contaminación burguesa y occidental.
Rieff llama la atención acerca de cómo lo woke sostiene que a los niños les ampara el derecho a prevenir la pubertad o someterse a la denominada “cirugía de reasignación de género”.
En España asombra a politólogos el constante auge de la derecha. Rieff avanza en este libro por qué esto es más el producto del declive de una izquierda cuya agenda es la vulgata del influjo woke. Esa izquierda en ruinas, se extinguirá, mientras que, avanza Reiff, lo woke expira para laminar los campos de las humanidades aún no devastados por completo.
Deseo y destino. Lo woke, el ocaso de la cultura y la victoria de lo kitsch. David Rieff. Editorial Debate, 2025. Traducción de Aurelio Major. 248 páginas. 20,90 euros.



