
Puede que viva un poco más, le dice un policía a otro en la puerta de Urgencias del hospital. Me pregunto si se refieren a alguno de los suyos o a alguien más. Cuántos comentarios sentenciosos como ese pueblan el resto, si no la totalidad, de los días. A escasos metros, en la sala de espera de pacientes y acompañantes, un dolor de bosque quemado asoma del interior de cada cual. Las miradas son ramas de árbol pidiendo al cielo auxilio y alzándose.
La noticia está en la poesía que se escapa de todas las cosas.
Al escribirla ya no está.
Las palabras son disparos en cualquier dirección. Algunos las disparamos buscando en realidad la sien de nuestro ser.
Un estruendo. Llegué a la confluencia de la calle Fadurazo con Zubilletas. Quizá un fuego en alguna vivienda, una reyerta, o un robo de garzas en un piso en desuso.
Todo y nada de ello.
De alguna parte, no sé si de alguna chacra cercana, de esas que llaman huertas, sonaban los primeros arpegios de una canción de Silvio Rodríguez. Del sueño a la poesía. Pensé, mientras me secaba la frente, por qué.
Solo al llegar a casa y terminar de escribir he pensado que la pregunta es por qué no. Que no soy ni invitado ni huésped, sino trémulo e intrigado viviente.
En el puerto, me dijeron, el barco llega a las … de la noche. Trae el cuerpo del marinero M. En los helechos de esas lentas horas en que nadie llega, casi clandestinas, los compañeros de M. descargan, en vez de toneladas de pescado, el cuerpo con el que unas horas antes compartieron comida, sueños y tristezas.
Por mí pasan como agujas de reloj mortuorias las palabras de aquel policía al otro policía. De cada farola y resquicio de luz suena ese arpegio de guitarra.
En la espesa levadura del dolor hay tanto aire liviano y trémulo…