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La plaga de nuestro tiempo

Iñigo Elortegi 2 septiembre, 2021     Comentarios cerrados    

Las mentiras ocultan siempre una verdad. Y esa verdad se disuelve en un archipiélago de falsedades. La política es un gulag inmenso. El aire de la realidad tiene una densidad extremadamente gaseosa, soportable solo si cada cual se adapta a respirar cada vez menos y peor. Ese proceso de adaptación darwiniana al medio es lo que explica el porqué de nuestra inoculación cotidiana ante la polución de la realidad, es decir, la lluvia radioactiva de la información diaria.

La pandemia, con su apariencia de anormalidad, ha desvelado el extremo grado de confusión anodina en el que ya vivíamos antes. La asombrosa predisposición colectiva a ponernos en manos de líderes y expertos, cuestionables y cuestionados plenipotenciarios, ha sumido nuestro pánico a la muerte en el demiurgo de nuestras sociedades y democracias. Esto convierte nuestra cotidianidad en un motor que implosiona el temor común – y a veces su anverso, la evasión pusilánime – con el peligroso carburante de la autoridad, proporcionalmente más caliente e implosivo por cuanto más temor colectivo haya. El conocimiento, licuado hasta su mínima expresión, impedido por la autoridad y desdeñado por la temerosa colectividad, marca desde hace décadas el signo de nuestro tiempo, saturado, sin embargo, de un avance científico que no revierte más que comodities y engorde de la economía.

Convivíamos con la pandemia mucho tiempo atrás. Nuestro modo de vida tardo industrial es pródigo en pestes. En el último siglo, la conquista industrial de ecosistemas ha provocado que animales salvajes entren en contacto con las sociedades urbanas de una manera tan artificial como nociva, es decir, siendo mercantilizadas incluso para el consumo. Por otro lado, la ganadería tan intensificada como clembuterizada ya dejó sus alertas: la gripe aviar, la porcina, el SARS, el MERS, el ébola y el Zika. Y un aspecto que deliberadamente obvian los gestores de la vida colectiva y los gobernados, para su fatídico bienestar. La gran mayoría de la gente fallecida por coronavirus tenía, tiene o tendrá patologías causadas por la polución en urbes y centros de trabajo, es decir, nuestro modo de vida. Acierta Juanma Agulles en su La Plaga de Nuestro Tiempo, donde sitúa el origen de esta nuestra última pandemia en la «artificialización de nuestra existencia y la destrucción de los equilibrios entre nuestras organizaciones sociales y los ecosistemas donde estas se desenvuelven«.

Aunque esto fuera cierto, y es más que cierto, existe una evidencia negativa que lo es aún más. Nuestra especie no tiene el instinto de supervivencia común. Somos capaces de perseverar en los malignos preceptos de nuestra existencia de la que son consecuencia las presentes y futuras pestes que pueden extinguirnos antes de plantearnos un modo de vida diferente que aún con sacrificios plausibles repercuta en nuestro beneficio como especie y colectivo social.

El librito de Juanma Agulles publicado por la editorial Milvus es un repaso orwelliano a nuestra época dogmática. Al igual que Orwell desmontaba hace noventa años los lugares comunes de la corrección, y desentrañaba su origen piramidal, Agulles mira de igual modo nuestra sociedad pandémica con su neolenguaje – los asintomáticos, PCRs, “estado de alarma” – y el neoverticalismo social aceptado por un vulgo aterrorizado ante el espectáculo de muerte diario.

La pandemia se ha mostrado como un eficaz campo de exterminio escondido en un bosque de distopía moderna. Ha demostrado que las condiciones en residencias y asilos donde la vejez sobrevivía eran tan precarias, que la muerte ha ayudado a compensar el excedente de vejez que tanto le cuesta al Estado. Si la vida ha quedado reducida a su expresión más utilitaria, la vejez en la pandemia no iba a serlo menos. Y es así como nuestra vida, desde la infancia hasta la madurez ha perdido todo sentido que no sea pragmático y productivo.

La gestión política de la pandemia se movió desde el inicio con esas mismas coordenadas. El vaivén silogístico sitúa a la generación del botellón como la causante de la tercera ola de la pandemia. España se ha desprendido como si fuera un lastre ya histórico de la mesura y la cordura del saber. Ha preferido, una vez más, ponerse a obedecer. La cadena de mando jamás fue tan endeble y grotesca. Que el gobierno estuviera en manos de la izquierda nueva, resucitó el viejo pandemónium esgrimido por adeptos de que el verticalismo de izquierdas es diametralmente preferible – además de obedecible y bendecible – al de derechas.

Como consecuencia natural, en España ha germinado una inquisición cultural, aunque mal engrasada eficazmente renqueante, en la que toda petición de conocimiento, toda interrogación ante verdades políticas sin fundamento científico, es considerada parte del negacionismo. Que las más delirantes teorías de la conspiración vuelen a las mil redes sociales es la causa natural de la estrategia de hurtar el debate social, moral y científico que como sociedad debiera haberse creado para hacer frente racional y comúnmente a la peste de nuestra época.

Este sentido común que ya reclamaba George Orwell frente a la artillería de las ideologías con aspiraciones de poder, es el que recoge Juanma Agulles para preguntarnos no sin cierto escepticismo si todavía estamos a tiempo. O si, por el contrario, tenemos que dejar en manos de otros la que es solo nuestra oportunidad.

“Dejar la libertad”, escribe Agulles, “en manos de quienes han sido sus enemigos históricos es un suicidio, alienarse con la nueva inquisición sanitaria y con el partido del orden estatal, es, para lo que nos importa, exactamente lo mismo”.

La Plaga de Nuestro tiempo. Juanma Agulles. Editorial Milvus 2021. 105 páginas. 8 euros.

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Autor:  Iñigo Elortegi

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