
Hoy es el catorce de abril y estoy leyendo a Julio Camba. ¿Qué quién es Julio Camba?, pues el mejor articulista de este país, según Josep Pla; y la más elegante inteligencia de España, según José Ortega y Gasset.
He puesto el día de comienzo de la Segunda República con letras porque así, creo, pasa más desapercibido y ayudo al mismo desinterés público que el abril de noventa y cinco años después.
El catorce de abril actual es un artículo de manufactura, una maleta donde se guardan petacas para echar tragos al gaznate de lo que fue una vivificadora despedida al que se pensó que fuese el último Borbón. Hoy la Segunda República se visita en tiendas de antigüedades. Algunos, entre los que me incluyo, la tenemos en el marsupio, que funciona a modo de cámara incubadora, para cuando la criatura abandone ese estado de gestación poco avanzado en el que se encuentra y, alguna vez, abandone el periodo de feto y se desarrolle sin interrupción.
Julio Camba no era un republicano de esos que dicen que la echaron a perder por sus extremismos; Camba, al igual que Ortega y Unamuno, no tarda en experimentar la decepción porque ve “más que un cambio de régimen, un cambio de nombre de régimen”. Camba era un ácrata comprometido en los círculos del anarquismo que, después de la revolución de Asturias en 1934, se decantó por posiciones conservadoras, desarrollando una visión del mundo escéptica e irónica. Sus artículos, recogidos en una reciente edición por Página indómita en dos fructíferos libros Al borde la guerra, y Haciendo de República, permiten con su acerado, ágil y agudo estilo, poner una fina sonrisa en la faz tenebrosa de aquellos días. Sin olvidar que no hubo dos bandos equidistantes, sino un agresor y un agredido.