
No importa la hora en que me despertó. En la oscuridad no hay tiempo; solo la luz trae escenas y figuras, sus pautas marcan un ritmo de segundos, minutos, horas. Todo empezó porque oí un orfeón extraño, no era una agrupación, era un solista de tono único y agudo. Abrí los ojos del sueño ligero en la noche abetunada, como un impulso energético que me envolvía.
Lo oí. Lo escuché. No sentí la molestia enseguida, el dato inmediato de la conciencia es superficial. Al principio fue como si estuviera escuchando una corriente de agua, hasta que dejó de gustarme y pasó a ser, con la conciencia atenta, una frecuencia alta de vibraciones.
Enseguida se incorporó otro sonido agudo y otro y otro, y el orfeón se trocó en un escuadrón de lanzas y picas. Entonces me convertí en director de coro, empecé a alzar las manos en todas direcciones y la habitación adquirió otra cualidad musical: creía que sonaba gracias a la dirección de mis manos otra melodía con distinto ritmo y armonía. Una balada.
El engaño me irritó tanto que el movimiento de mis manos para recrear el oído, se convirtió en manotazos lejos de todo deleite, conmoción y sensibilidad. Si aplasté alguno contra la pared no lo sé, puede que sí, aunque el escuadrón de lanzas y picas lo sustituyó por otro mosquito.