
Tienen 37 años. Han muerto en las mismas calles. Pero con diecisiete días y media hora de diferencia. Las balas que atravesaron sus cuerpos las dispararon las mismas seis personas equipadas con uniformes paramilitares. Se llaman Renne y Alex. Ella era poeta y madre de tres hijos. De él se sabe que es también ciudadano norteamericano. Los paramilitares que se han hecho con el control de Minneapolis pertenecen al Se5rvicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE en sus siglas en inglés. Han sido enviados a esta ciudad por el presidente Trump.

Fueron esos mismos agentes los que detuvieron a Liam Conejo Ramos, de cinco años, y su padre en su casa a las afueras de Minneapolis la semana pasada. El padre había solicitado asilo para ambos y su madre. La fotografía del pequeño Liam, vestido con una chaqueta de cuadros blancos y negros y un paramilitar que lo agarra de la mochila de Spiderman, ha dado la vuelta al mundo. Minneapolis se halla a casi veinte grados bajo cero, pero las tropas paramilitares quieren que se parezca más al infierno de Dante.
Los agentes paramilitares del ICE buscaban al padre, Adrián Conejo, procedente de Ecuador. Lidiam podría estar en estos momentos en Texas junto a otros menores capturados en las redadas.
Los protagonistas de este relato no son los cuerpos tiroteados, ni los niños capturados ni los paramilitares ni sus jefes ni el presidente norteamericano. Es el tiempo, son las horas en la que los inmigrantes van en medio de un frío real y metafórico a su trabajo a sus escuelas, a renovar sus papeles. Matando ese tiempo que oscila en torno a las 9 de la gélida mañana. Quienes disparan hacen su goyesca versión del poemario de Cesare Pavese, y vociferan “trabajar mata”.
Las analogías no se quedan ahí. En 1933, los SA, la guardia de asalto del recién elegido canciller de Alemania Hitler acumularon cadáveres en las calles al compás de la depuración. En aquella ocasión, quizá por ser horario europeo, el tiempo elegido fue la noche.



