
Antes del lenguaje, todo lo que hay es energía y luz. Advenimiento sensorial. Es lo que hay en Niño parabólico la última novela de Constantino Molina (Pozo-Lorente, Albacete, 1985) publicada por Periférica. Por manierismos de la catalogación digo que es una novela cuando no lo es porque es mucho más que una novela. De esta recoge el universo casi de realismo mágico en sus personajes reales y ultra reales de un Madrid situado en su vórtice, en torno al parque del Oeste y el barrio de Argüelles. Niño parabólico es un diario, un poemario espiritoso, un vaciamiento en lo celeste observado desde un hombre que se haya en la media vida. Es también un tratado sobre la solitud y el pensamiento y la escritura como modo de vida. El absurdo, lo gratuito, lo que no tiene más razón de ser que un porque sí, es la parte más esencial y honesta de la vida. Esto es lo que reivindica Constantino Molina en este libro que requiere y permite, pese a la nitidez y felicidad de su prosa, unas cuentas relecturas de saboreo.
Molina arranca el libro con la imagen de un niño a quien su familia conectaba a la antena parabólica para poder ver los domingos los partidos de Canal Plus. Ese niño parabólico en la terraza de la casa hermanado con las torcaces y las urracas y los seres del universo es la metáfora del escritor, ese pensador que acumula momentos de solitud en consonancia con el todo colectivo, con todo lo creado.
Hay en Molina una intención espiritual, una reivindicación del espíritu que hace grande a este libro. Recupera una característica abandonada por improductiva en las letras contemporáneas. La productividad y la eficiencia ofuscan la vida, y contaminan la cultura convirtiéndolas en cursilería. Los personajes que moran en el relato de Molina, vivan en la modestia barrial y de tasca o en el lujo privilegiado de la calle Rosales 82, proa de Madrid, encarnan una lucidez poética. La inutilidad de lo sensible es el verdadero lujo en nuestras vidas.
“el siglo veintiuno es el siglo de lo cuántico. Y en ello, pienso, debe de andar metido también algo, una pequeña parte de lo que escribimos. Si miro el plato de patatas bravas, debo saber que hay algo dentro de ellas que vibra, que es, más allá de la luz que incide sobre su superficie, un misterio que habita en la materia y que merece la pena ser cantado y dicho. Más allá de la luz, en el centro humilde, tosco y popular de la patata duerme un secreto vital que se nos dice con sordina. Invita la patata por su naturaleza cuántica a una nueva literatura que es la metafísica del todo. Porque la patata, la luz y yo somos lo mismo: energía que ondula y que se condensa en forma de materia. y eso debo decirlo en una literatura que es una forma de pureza más allá de la pureza. Por eso, el Pandorino, las cabras, la patata y el cablecito de la antena.”

Los sketches construidos por Molina en este libro hablan de su sensibilidad pictórica. Y en su prosa se vislumbra a san Juan de la Cruz, Vicente Alexaindre, este en el propio relato, y Claudio Rodríguez. Es cierto que Molina es capaz de hilvanar lo celeste con la brizna del presente en sus paseos con meditado acierto y falsa sencillez. Los diálogos de sus personajes sobre España y sus Españas, la disertación del tránsito y el culmen amoroso entre el llegar y el correr, esconden y se abren a una trascendencia: de qué modo vivir certeramente.
Todo esto hace que Niño Parabólico sea un libro de un valor altísimo, pues reconduce la senda espuria de pragmatismo en la que se haya inmersa la literatura y busca su espíritu buscando también el de su autor y preguntando dónde está el de quien lee esta magnífica profunda y sincera obra de arte.
Niño parabólico. Constantino Molina. Periférica, 2025. 197 páginas. 19,50 euros.



