
Pierre Peuchmaurd es un desertor que busca alistarse allá donde irrumpa lo maravilloso. Encontró en el surrealismo un modo de liberar la llama de la vida y acercarla a la pupila con forma de corazón. Si mayo del 68 fue o sigue siendo al menos un momento revolucionario que estuvo a poco de convertirse en revolución verdadera, su energía cuántica, como se palpita en el relato de Peuchmaurd Mas vivos que nunca, (Pepitas de calabaza, septiembre de 2025) fue un haz de poesía. Ocurrió una radical mirada al momento y la situación, dado que el presente continuo del régimen no presentaba posibilidad de vida alguna. Se dio una rabiosa ansia de vida no administrada, sin el tutelaje paternalista del Estado y sus extremidades universitarias, políticas y sindicales, o las camarillas de ultratumba izquierdista. La formación tutelada y el trabajo asalariado, aspiran a ser crisálida transformada en conocimiento y creación.
Lejos de ser un acné universitario, lo que comenzó en el campus de Nanterre el 22 de marzo se transformó en rizoma espacial y social. Primero a la Universidad de La Sorbona en París, de ahí al barrio latino, luego a París entero, después a Francia con cinco millones de trabajadores en huelga general durante casi todo el mes de mayo.
El rescate del libro de Peuchmaurd, Más vivos que nunca. Diarios de las barricadas (1968) por Pepitas de calabaza, con traducción de Julio Monteverde, permite vivir la magnitud libertaria interior y colectiva de la insurrección. Ningún texto, – quizá a excepción del magnífico Mayo del 68: la revolución de la revolución, de Jacques Baynac, publicado en 2016 por Acuarela & A, Machado y traducción de Marisa Pérez Colina – plasma como este de Pauchmaurd todas las dimensiones de la experiencia revolucionaria del mayo del 68.
La prosa de Pauchmaurd se acerca al surrealismo, tal como lo define el poeta Eugenio Castro, es un dispositivo existencial capaz de medir los vaivenes de la experiencia, así como la experimentación mental y práctica que hace mundo y favorecen nuevos climas (La flor más azul del mundo, Pepitas de calabaza, 2010).
La insurrección de mayo tuvo y tiene hoy el mérito de dilatar al máximo la brecha entre la política y lo político. Enfrente, una República en su absurda determinación —o determinación senil— de perdurar. Las Izquierdas y derechas quedan desbordadas. Sobre todo, el comunismo estaliniano francés y el sindicato CGT, encargados ambos de reencuadrar a los trabajadores en huelga haciéndoles volver al redil de la administrada realidad.
“Y la fiesta, por todas partes la fiesta, y la comunicación, por supuesto, porque las gentes del barrio se mezclan aquí. Los hay que incluso nos ofrecen sus coches (…) “camaradas, si todo el pueblo hiciera como nosotros…” dice una de las primeras inscripciones en los muros (…) Pero es necesario saber dónde estamos. y dónde están ahí a fuera, porque aquí ya lo sabemos. (…) de hecho es verdad.: existe la política. Parece que ningún Estado puede permitirse que el sol salga sobre las barricadas”.
“Nosotros hemos tenido no sé cuántos heridos, 460 arrestos y todo lo demás. las cifras, por encima de eso, son mudas”.
“Sentados, tumbados en un gran hondear de banderas rojas mordiendo un cielo hundido, a la sombra ambigua de la torre Eiffel, damos la impresión de ser un alegre campamento. Aquí está concentrada esa fuerza que no nos abandona desde que todos los días son revolución. Hay algo que nos indica que en el mismo instante en que nos levantemos, nada nos podrá parar. Y se debe a esa fuerza frondosa, insolente, esa potencia dichosa. Estamos aquí para vivir.” (…) y cuando volvemos a ponernos en marcha, después de haber hecho de ese césped para niñeras y burgueses el campo abierto de la revolución, se alza con nosotros otra yerba de un verdor diferente (…) esta tarde, de golpe, para siempre y por primera vez en su historia, la Sorbona es libre”.
Jueves 16 de mayo. “Durante toda la jornada las cosas se precipitan, es como un fuego que se propaga. (…) a medida que se ralentiza la industria, la vida late más rápido”.
“Desde que todos los días son domingo, el mismo domingo pasa desapercibido. La lucha estudiantil está superada. Y más superadas aún están todas las direcciones burocráticas de recambio, que creen prudente mantener el respeto por los estalinistas en el momento en el que la CGT y el partido llamado comunista tiemblan. La salida de la crisis actual está en manos de los propios trabajadores con tal de que consigan en la ocupación de sus fábricas lo que la ocupación universitaria sólo ha esbozado”.
Viernes 24 de mayo. De Gaulle a la nación. Los policías a la noche están desbordados. En esas horas tiene lugar el punto de fuga de la revolución. “Había que haber tomado París”, lamenta Peuchmaurd. “en los ministerios se hacían las maletas, el poder ya no tenía más que a la policía y habría hecho falta algo más para detenernos. Nuestros errores, anoche, fueron públicos. Ahí estábamos todos para hacer un alba surrealista. Fracasamos alegremente”,
En verano, Peuchmaurd escribe: “no hemos querido darle lecciones a nadie, y mucho menos a la clase obrera, como pretendían los apóstoles estalinistas. Teníamos todo que aprender. (…) no fracasaremos dos veces. Sociedad, nada ha sido restablecido”.
El libro de Pierre Peuchmaurd aporta el pálpito impulsivo de la acción, además de un juicio tan sereno como agudo de la realidad. La poesía combate con los semáforos del orden. Pudiera parecer que Mas vivos que nunca es un documento histórico de primer orden. En absoluto. Es más una radiografía de un espíritu que quién sabe si puede volver a recobrar cuerpo en cualquier momento. Hay algo en el hoy cotidiano que vemos nítidamente en el relato de Pierre Peuchmaurd. La enseñanza, la juventud, el orden, el trabajo, el gobierno, los políticos, los sindicatos. El salario, y la vida atada a él, como un caballo a una estaca. La posibilidad de revertir esta situación está en que prenda un primer verso.
Mas vivos que nunca, Pierre Peuchmaurd. Pepitas de calabaza, septiembre de 2025. Traducción de Julio Monteverde. 144 páginas. 16,90 euros.