
Escribo cayéndome la duda, como la ola inmensa se vara a plomo en la playa. Redacto como las ballenas varadas. Con una intención angustiosa de descansar. Como si no supiera, aunque sospechara, el final de qué y se acerca.
Escuchando So Quiet in Here, de Van Morrison. So peaceful.
Escribo para poder vivir y sin poder vivir de ello. Y entre ese nunca hay un siempre, hasta que cese. Vivir es esa ola, esa ballena. Tus pies deteniéndose ante ellas. Y tu corazón abierto en horizonte, con alas de momentos como este.
Escribo para decirles a ustedes antes de que sea tarde.
Me compré unas gafas en una óptica de mi pueblo para poder leer ya en las horas de la antepenumbra. Pero, sobre todo, para poder escribir. Las señoritas Rottenmeier de la óptica, todas ellas con gafas, me ofrecieron unas lentes progresivas para un ser como el mío, tan poco dado al progresismo.
Todo iba bien al principio.
Discuto con ellas como con el ayuntamiento. Yo les digo que veo mejor, pero con peros; y ellas me dicen que las reformas en las lentes traen consecuencias. Así que, a cada reforma, leo peor de cada vez. Ya sé que son los tiempos. Pero es que, si sigo así, dejaré de leer, que fue el motivo por el que entré a por las lentes. Y, por tanto, dejaré de poder escribir.
Ustedes saben.
Tampoco podré leer.
Ustedes entienden.
Y así, progresivamente.