
Una de las muchas ventajas de leer a George Orwell es que sus artículos y ensayos ayudan a comprender qué le pasa hoy a la izquierda cuando ocurren criminales tragedias como la que Rusia está cometiendo en Ucrania. La izquierda, o al menos la izquierda que destapa el tarro de las esencias en España, no solo se ha mostrado equidistante con la agresión rusa, sino que de la reticencia ha pasado a negarse al envío europeo de armas a Ucrania. El argumento esgrimido es que los chalecos antibalas y 700.000 municiones que el gobierno español se ha comprometido a enviar a Ucrania suponen una escalada en la guerra, cuando lo imperante es, según ellos, redoblar la diplomacia. La población ucrania que defiende las ciudades y pueblos arrasados del país por la segunda potencia militar del mundo, debería hacer, pues, un esfuerzo por el dialogo. Después de 3.000 civiles asesinados por las bombas de Putin y cerca de dos millones de ucranios en el mayor éxodo en Europa desde 1945, además de las bombas de racimo y de alta tecnología que el ejército ruso está probando en la masacre tiempo ha planificada, la izquierda considera que armar al ejército y la población ucrania que combate es acrecentar la guerra.
Parte de la indignación que George Orwell sentía hacia los intelectuales comunistas no se debía solamente a que se hubieran convertido en déspotas que echaban a perder vidas humanas y despreciaran la libertad, sino que además desprestigiaban al socialismo democrático. El problema de los intelectuales hoy de cierta izquierda es una contusión craneoencefálica producida por la caída de las piedras del muro de Berlín. Ven a Putin, el mediocre chekista de la KGB erigido en contumaz Zar de un imperio que recupera poco a poco las exequias del imperio soviético. La fiebre obnubila la imagen proyectiva que esa izquierda vierte en el moderno Stalin, al considerarlo un contrapoder del capitalismo norteamericano. Orwell se mofaba del discurso pretencioso de las “necesidades ideológicas”. Muchos intelectuales ingleses, al igual que los miembros de esa izquierda, que consideraban estar comprometidos políticamente, en realidad hacían gala de un doble rasero y de una sensibilidad dividida en materia política. Toleraban, deseaban y empleaban – o incluso exigían – una sensibilidad audaz y apasionada, así como un criterio más bien grosero a la hora de constatar las matanzas de su bando y sus víctimas.
Leer a Orwell hoy es más necesario que nunca. Fue fiel al principio de la libertad solidaria. Se alistó en las milicias españolas contra el fascismo europeo. Hoy en Ucrania, se pide la ayuda de armamento que la asediada República suplicaba a una Europa titubeante cuando no indiferente. Europa rectifica en estos días su cara estulticia al ceder entonces al ardor de Hitler; la izquierda considera que el moderno Hitler, porque es ruso, puede quedarse tranquilo si se le entrega Ucrania.
A esa izquierda, desgraciadamente, los males no le vienen solos. Acostumbrada a considerar los medios ex profeso que el Kremlin ha diseñado para su difusión en Europa, repite en sus cenáculos el bulo difundido por el propio Putin de que Ucrania es un fallido país gobernado por nazis. Las últimas noticias de la represión son deprimentes. Entre 5.000 y 8.000 personas están encarceladas en Rusia por manifestarse contra la invasión. La prensa, que debía desde hace años la obligación de publicar solo fuentes del gobierno en cualquier información, tiene ahora la orden, bajo prisión o cierre, de llamar “operación militar especial” a la invasión de Ucrania. Y cuando la izquierda se quejaba del cierre en Europa de las cadenas Sputnik y Rusia Today, altavoces de Putin, el Zar cerraba una radio contestataria en Rusia, además de cercenar Twitter y Facebook.
Putin no está haciendo nada nuevo. Redujo a cenizas Chechenia, hoy gobernada por un títere abyecto, sobre la que se desconoce en cientos de miles el número de muertos que el ejército ruso causó en diez años de terrorismo de Estado a gran escala. Todos los periodistas que osaron describir las artimañas de Putin en el interior y sus crímenes en Chechenia están muertos. Pero esa izquierda hace del cinismo virtud, aunque con desganada resignación, por “necesidad ideológica”. Y no es menos cierto que Europa ha condescendido mirando a otra parte cuando se hacía con Crimea o los enclaves del Donetsk y Lugansk.
En Rusia desde 1999, tal como predijo Anna Politkovskaya entonces, se vive un estalinismo orgánico. Pero la atroz invasión de Ucrania ha levantado un hálito de recobrado humanismo al que la cultura rusa tanto ha aportado. Especialmente llamativa me parece la carta abierta a Putin que buena parte de la comunidad ajedrecista del país le ha dirigido y que por su brillantez humana y reconocimiento del dolor del hermano pueblo de Ucrania, parece escrita por Erasmo De Rotterdam en 1515 refutando las pretensiones totalitarias de monarcas y papas .
Al igual que a los protagonistas de La Casa Rusia, de John Le Carré, en estos tiempos de totalitarismo nuclear, nos une algo que ahora parece obtuso pero que pronto será clarividente, porque el humanismo europeo llega ahora donde el terror trata de cercenar y administrar la vida hasta doblegarla a jirones. Y esa es la guerra que ahora todos libramos. Por eso, ayer al llegar al polideportivo donde se recogía comida, medicamentos y enseres para la población de Ucrania, vi a cientos de vecinos llevando bolsas como la mía. Yo escapaba de mi cómodo cinismo, ausentándome de mi té cotidiano, y me aproximaba, poco, al simplemente decente George Orwell. Y a todos los ucranios, y a los rusos de bien. El crimen nos pone en una tesitura inexcusable: debemos morir en el intento de desenmascararlo y desnutrirlo ideológicamente, de comandar una artillería de palabras y una aviación de la conciencia con los que abatir el lenguaje y el pensamiento instrumental que ha dado lugar a tantos Auschwitz ideológicos ahora en acción, cada uno con su propia criminal detonación. Mientras estas palabras acristaladas resplandecen en el lugar común, el criminal Putin y los urdidores amancebados de su irrepetible ignominia, prosiguen su crimen contra la humanidad. A la izquierda, se le pasó – o se le quedó – el tiempo. No le queda ni la sangre ni el cartílago del tiempo perdido. Se le repite esa coagulación. Y a .los demás nos acucia otra causa. De inmediato.

La biografía de Orwell escrita por Bernard Crick y editada por Ediciones El Salmón fue el acontecimiento editorial de 2020. En este tomo se condensa no solo lo que pensaba Orwell, sino su propia vida cotidiana, acorde a lo que él mismo preconizaba. Así podemos seguirle en el ejercicio, de alto contenido político, de su propio acontecer. Cuidar el árbol del jardín o plantar determinadas especies de hortalizas, puede tener un contenido político de mayor praxis que probablemente cualquier grandilocuente teoría. En eso, Orwell también ha sobrevivido a sus detractores. Los liberales cogen de Orwell lo que les interesa, sin atender a que propugnaba un socialismo libertario y humanista hasta el final de sus días. La izquierda de partido se ha embarcado en toda clase de estrategias para difamarlo por su clarividente denuncia del totalitarismo. Se puede ser anarquista, antifascista o cualquier otra tipología, pero puede que no se sea totalitario, dejó escrito en su memorable reportaje Homenaje a Cataluña. Y ese es el reto para cualquier opción revolucionaria.
George Orwell. Bernard Crick. Ediciones El Salmón, 2020. 548 pp. 36 euros.