En mi ciudad los gatos no tienen siete vidas. Ni siete colinas como Roma. Pero el sitio concertado para que mi ciudad tenga belleza de postín exige que los transeúntes den siete vueltas alrededor de la Gran Araña.
Un día el cielo se desabotonó de nubes, salieron hojas de los botones y capullos de las flores.
Como en todas las ciudades, los cláxones de los coches aporrearon el aire. Una alarma sonó a mi paso por la oficina de correos. Pero todo estaba en calma en los alrededores del Gran Museo. La araña miraba su obra como un alarife satisfecho. El sol buscaba los conceptos complicados de la sencillez titánica argentada, la cubría con el oro de sus últimas horas del día.
Debajo de las tráqueas del cefalotórax, de las ocho patas, de las uñas venenosas, la araña empezó a tejer hileras de seda con las que tapizó su vivienda.
Yo era uno de los transeúntes que confiados seguían las reglas del gobierno municipal: circundaba la Gran araña. Otros daban siete pasos, arriba y abajo; a la derecha y a la izquierda.
En ninguna postal aparece el momento en que nos engulle. Supondría un trastorno para el éxito de mi ciudad. Los turistas más alejados sacaban fotos. Antes de ser tragado observé q un hombre que dibujaba el momento en su libreta. No sé por qué pensé que podía ser Goya de vacaciones.
