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Resistencias literarias (I)

23 febrero, 2014     No Comment    

Foto: www.venturacamacho.blogspot.com (2011)

La crisis se define como una mutación que acaece en una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el enfermo. El sistema para la mayoría (creo) está desmejorado, indispuesto, enfermo, le ha dado un síncope. Unos piensan que mejorará, otros que agravará.  Estamos ante un proceso en duda de continuación, modificación o cese. La astenía de los recortes se convierte en la adiposidad de caudales y finanzas de muy pocos. Esta dolencia sociomedioambientaleconómica ha traído una proliferación de libros sobre antecedentes, causas y consecuencias de la gran recesión actual. Ensayos sobre el Progreso, el Consumo, el Crecimiento ilimitado. Tratados contra aquellos que nos gobiernan, sobre el condicionamiento de la democracia. De esta opulencia no se salvan las revistas. De todo pelaje, también de literatura. Dos son las que quiero comentar, ZURGAI y QUIMERA.  «Poesía indignada» y «Dossier: resistencias».

Más allá de la calidad literaria de los autores y editores que representan desde diversas consideraciones una posición de resistencia, lo que se trata de saber es si la poesía rebelde es una poesía verdaderamente rebelde, indignada, opositora. Si Gamoneda o Caballero Bonald, cuando reciben reciben el Cervantes o el Reina Sofía son escritura del conflicto, desenmascaradora, o aceptando esos premios esta «democracia» los usa para su escenografía de múltiple tolerancia y del «aquí cabemos todos».

Me centro en los nombrados porque fueron quienes tuvieron acceso a un rechazo si, a mi juicio, los hubieran mandado a la lontananza de las cien mil leguas.

Para quienes creemos que la tipografúa de la crisis está provocada y mantenida por ciertos sectores del poder político, a los que es inevitable denominar «delincuencia institucionalizada», la idea de la crítica social parece suave «en cuanto crónica poética de una realidad que sobrepasa lo imaginable por la hipocresía de sus gestores«, como afirma Mª Victoría Reyzabal.

Es así que las voces del extremo para que sean coherentes y desenmascaradoras en sus postulados necesitan la admisión de pruebas que hagan posible otras realidades, sucesos que no pasen por confirmar instituciones aceptando sus premios sino que su rechazo las desplacen a un lado.

Me parece que esas instituciones culturales son parte de la arboladura de un barco que nos ha hecho encallar y retroceder en nuestros derechos conquistados, y que actúan como las multinacionales que pueden sacar partido de la cascada de reformas neoliberales al tiempo que apelan a alguna sección de su negocio – responsabilidad social compartida – para parchear situaciones humanas críticas; de esta manera pretenden presentarse como parte de la solución y no del problema.

Valga este ejemplo porque los hilos que mueven toda acción son muy parecidos en casi todos los moviemientos. Porque si Bob Dylan no tuvo presente y pasó olimpicamente de su denominación al premio Príncipe de Asturias – lo que se ocultó con la aquiesciencia de los medios – el rechazo de otros personajes del arte de aquí se hubiera divulgado con mucho más ruido, a pesar de que las grandes cadenas informativas hubieran intentado mantenerlo oculto. Esta bien podría ser otra manera de gritar que el emperador no lleva traje. Pero otro gallo canta en el crepúsculo de todo lo dicho, y me pregunto si escribir sirve para cambiar el estado de cosas.

Oigo el gallo, con su cabeza adornada de una cresta roja, erguida, con su plumaje abundante, lustroso, mas con los espólones largos y agudos, limados y desarmados. Le escucho cacareando con la misma voz que el escritor Julio Ramón Ribeyro y su «Tentanción del fracaso»: qué sentido, qué decencia, puede haber en pergeñar esta declaración (papel que deberían jugar los intelectuales en Perú, 1963) en París, escuchando a Armstrong  y bebiendo un vaso de Saint-Emilión.

Me sobreviene la intención de cambiar el título de este artículo por «la inutilidad de las palabras», pero hoy he decidido tomar la determinación de ser algo optimista. Sin negar de su fe, que EL NEGADOR me perdone.

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