
Hace dos terceras partes de mi vida que oí por primera vez —y aún prosigo— su voz ligera, nasal, metálica, tenórica, resonante, de ondas largas como olas de baja marea. Es uno de los poetas salidos del volcán oscuro del postboom latinoamericano. Silvio Rodríguez está de gira por España.
Abruman los aforos de sus conciertos. Apenas tres mil en una ciudad, dos mil en otra, a la espera de las grandes ciudades. Rehúyo los números, que son pretérito futuro.
Recuerdo que, en la facultad, de cien alumnos, veinte nos pasábamos entonces casetes grabados de otras casetes. Silvio siempre estaba entre aquellas cintas.
Los números no dan. O dan para el asombro. O significan el lento goteo de los tiempos. Quizá sea el devenir de un mundo de edades proscritas.
Quizá muchos hayan confundido la trova de nuestro personaje con los sones asonantes y dialécticos del verde oliva militar de la isla de Cuba. También con los huracanes USAdos con aleta de tiburón. Pero nada en Silvio fue consigna. Siempre ha sido más de palomas y trapecios.
La poesía está tan lejos de los uniformes. Tan perseguida por ellos. “Que ningún intelectual debe ser asalariado del pensamiento oficial, debe dar tristeza y frío, ser un hombre artificial, cabeza sin albedrío, corazón condicional…”.
Nuestra era, nos decimos con indulgencia, se mira quizá en ese hueco que es el pasado, pero somos todos los que nos miramos sin vernos. La crueldad de uno a otro confín con sus esquirlas incrustadas en nuestra indiferencia.
Pero qué hay de nuestros amores, los inauditos, y los resquebrajados, los que son arte, los que, en contra de Newton, son un espacio sin fin.
De todo esto no encuentro rastro en los radiales informativos de la noche. Será que ya no era de noche y, como cantó al fin de su concierto Silvio Rodríguez, comenzaba ya la pequeña serenata diurna.