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Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel: bolero, deseo y dictadura

Aurora Arredondo 20 julio, 2026     Comentarios cerrados    

En la quebrada Florida, camino de la cordillera, el sol primaveral acuna el rostro del dictador en su residencia de descanso del Cajón del Maipo. Escucha ensimismado la marcha Radetzky mientras lee tratados sobre las estrategias militares romanas para acabar con la subversión.

A kilómetros de allí, Santiago parece marchitarse. Es 1986. Se acerca septiembre y, con él, ese día once elegíaco. Como anticipándolo, las banderitas aparecen en las vitrinas de los comercios. También de las alamedas cuelgan las tricolores, semejantes a un presagio tenebroso.

Desde el altillo de la casita esquinera, flaca y desportillada donde vive la Loca del Frente, se divisa un Santiago coronado por el velo grisáceo de los gases lacrimógenos, el humo de las barricadas y los furgones acorazados con sus sirenas. Al abrir cada mañana las ventanas, aquel mariposuelo de cejas fruncidas cupletea: «Tengo miedo, torero, tengo miedo que en la tarde tu risa flote».

Esta es la atmósfera con la que comienza Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, una de las grandes novelas latinoamericanas del cambio de siglo. Comenzada a finales de los años ochenta, fue publicada en 2001. Lemebel empezó a escribirla a los treinta y seis años y la vio finalmente publicada a los cuarenta y ocho. Su reedición por la editorial Las Afueras, en septiembre de 2025, nos permite ver que su fuerza literaria y política permanece intacta.

Tengo miedo torero exhala fragancias de Lezama Lima, Reinaldo Arenas, el García Márquez más poético y Manuel Puig. Lemebel rescata la voz oral y mágica de la calle, la musicalidad del bolero y la desmesura sentimental del melodrama. Hay en esta novela una voluntad cervantina: convertir a los personajes marginales —las locas y travestis de los arrabales de Santiago— en protagonistas poderosas e inesperadas frente a la figura tenebrosa del dictador.

La obra podría inscribirse en la tradición de la novela de dictador. Está a la altura de Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos, El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, o La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. Sin embargo, Lemebel no concentra su mirada en el poder absoluto, sino que lo desplaza hacia quienes sobreviven en sus márgenes. Podría aproximarse a Cambio de guardia, de Julio Ramón Ribeyro, aunque Lemebel cambia radicalmente el eje de la narración y lo sitúa en una  luminosidad poética en la que se insertan personajes disidentes, también en el terreno de la identidad sexual.

La dictadura no aparece solamente como una maquinaria de represión política. Penetra en la vida cotidiana, sus modos y hasta las conversaciones de las locas:

«La tontorrona Lupe, que ama el toque de queda, ama a su general, que tiene al país en orden. Ama al Gobierno porque a todas las locas les da de comer y, con el miedo, los rotos andan más calientes».

El régimen produce terror, pero también dependencia. Lemebel no idealiza a sus personajes marginales: los muestra contradictorios, vulnerables, crueles, divertidos y atravesados por el mismo autoritarismo que padecen.

La Loca del Frente entabla una relación de cuplé amoroso, prácticamente no correspondido, con Carlos, un misterioso estudiante que dice dedicarse a la botánica. Él aprovecha el altillo de la casa para guardar unas cajas cerradas que supuestamente contienen material universitario. La Loca sospecha, pero no pregunta demasiado. El deseo le permite aceptar las evasivas y convertirlas en promesas.

A partir de esta situación, Lemebel construye una trama política, pero, sobre todo, una atmósfera de desasosiego: una cárcel cotidiana en la que incluso los paisajes parecen imaginar la posibilidad de escapar.

“Afuera, en la playa, el tibio aliento de la mañana sostenía el planear de las gaviotas. Parecía que esbozaran fugas en el mapa del aire”.

La prosa avanza como una cámara en movimiento. Lemebel se cuela en la pieza de la Rana, llena de aire agrio y narraciones prostibulares; se instala en la terraza del dictador, en su casa cordillerana; entra en la sala de estar donde su mujer perora y se extravía en los designios de un pasado irrecuperable. Al entrelazar esos escenarios mediante un montaje cinematográfico, reconstruye los acontecimientos turbulentos de 1986.

Los personajes transitan por un dolor que es al mismo tiempo exterior e interior. La violencia pública encuentra su correspondencia en la herida sentimental. Por eso la novela funciona también como una crónica afectiva de la dictadura:

“Quería llorar con toda su alma, para sacarse de una vez la espina quemante de ese capricho, pero su mirada de quiltra lunera no logró reflejar la claridad agónica que se iba en el último pestañazo de la tarde”.

Los sueños de Carlos y de la Loca se bifurcan y, al mismo tiempo, se aproximan. Él persigue el triunfo de la causa revolucionaria; ella, la posibilidad de un amor. Para Carlos, la casa es un escondite. Para la Loca, la presencia del joven convierte el altillo en un escenario romántico. Ambos habitan el mismo espacio, pero no la misma historia.

El amor queda así abierto en todas sus formas exageradas: el amor a la causa, a la patria, al cuerpo, al ideal, a la revolución y a esa patria interior que cada personaje intenta defender frente al miedo. “Somos un sueño imposible que busca la noche buscando el amanecer del país”, afirma una de las frases que mejor condensan esa unión entre deseo privado y esperanza política.

Pero es en su dimensión de crónica donde el lector comprende que se encuentra ante el rescate de un fragmento de historia que pudo parecer anecdótico, aunque no lo fue. Lemebel escribe desde la cercanía con el mundo social y político de la resistencia chilena, sin convertir la novela en un testimonio literal. La ficción le permite deformar, parodiar y poetizar la historia.

El atentado contra Pinochet es narrado rebajando la solemnidad del poder. Frente a la imagen pública del general invulnerable, Lemebel presenta un cuerpo aterrorizado, sorprendido por la violencia que él mismo había impuesto al país:

“Todos los autos patinaron en un alarido de neumáticos y explotó la sonajera de balas repicando entre los parabrisas. Como de improviso, estalló la tormenta de guatacazos en granizada de metracas salpicando los vidrios. ¿Lo estaba soñando o era real este ataque silbando fuego por los Mauser desde los peñascos? “¡Tírese al suelo, mi general!”, le gritó el chofer desesperado. Pero hacía rato que el dictador tenía la nariz pegada al piso, temblando, tartamudeando”.

La lengua de Lemebel —barroca, callejera, musical y feroz— derrota simbólicamente al poder al convertirlo en caricatura.

En Tengo miedo torero, la historia de Chile se filtra a través del bolero, el deseo homosexual, la cultura popular, la parodia y la memoria de los derrotados. La novela no observa la dictadura desde los grandes salones ni los discursos oficiales, sino desde una casita pobre, un altillo lleno de cajas clandestinas y el corazón excesivo de una loca enamorada.

Ese desplazamiento constituye su mayor logro. Lemebel demuestra que la historia también puede narrarse desde los cuerpos despreciados, desde las voces afeminadas y desde quienes fueron excluidos tanto por la dictadura como por el machismo de cierta izquierda revolucionaria, como Lemebel asevera en Poco hombre. Allí donde el poder quería imponer silencio, la Loca del Frente responde cantando.

Y en ese canto —sentimental, político, grotesco y luminoso— reside la extraordinaria fuerza de Tengo miedo torero.

Tengo Miedo torero. Pedro Lemebel. Las Afueras, 2025. 203 páginas. 17,95 euros.

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Autor:  Aurora Arredondo

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