
¿Qué tienen en común Torrente y Simone Weil? Nada, y algo muy concreto: una mirada secundaria, incómoda, sobre la decadente realidad política. Sobre todo, una mirada cargada de pesadumbre hacia la clase política y los partidos de todos los colores.
Escribe Simone Weil —París, 1903; Ashford, 1943— que la idea de partido no estaba en la concepción política francesa de 1789. Era, más bien, un mal que convenía evitar. Al principio, el club de los jacobinos no era más que una asociación de discusión política. ¿Cómo se convirtió en partido? Weil ofrece una respuesta tajante: la presión de la guerra y la guillotina lo transformaron en una organización totalitaria.
El ideal jacobino se extendió con fluidez por Europa: un partido en el poder; el resto, en la cárcel. Weil formula entonces una advertencia decisiva: el mero hecho de que los partidos existan no constituye motivo legítimo para conservarlos. El mal de los partidos salta a la vista. La cuestión, por tanto, es otra: si contienen algún bien capaz de superar ese mal y hacer preferible su existencia.
Hoy este planteamiento es acusado de antipolítica. Pero Weil lo refuta de raíz. Los partidos, se pregunta, ¿contienen algo de bien, aunque sea infinitesimal? La democracia y el poder de la mayoría no son bienes en sí mismos: son medios orientados al bien, eficaces o no. Si la República de Weimar, en lugar de Hitler, hubiera decidido por vías rigurosamente parlamentarias y legales deportar a los judíos a campos de concentración y torturarlos hasta la muerte, esas torturas no habrían adquirido ni un ápice más de legitimidad.
El precepto político de Weil es este: solo lo justo es legítimo. El crimen y la mentira no lo son jamás.
Un partido político, según Weil, es una máquina de fabricar pasión colectiva. Es una organización construida para ejercer presión sobre el pensamiento de quienes la integran. En último término, el fin de un partido político es el propio partido. Por eso los partidos de todo signo acaban careciendo de doctrina verdadera: su doctrina real es su propia conservación.
Weil desvela también la inferencia sobre la que se asienta el poder partidista: se parte del axioma de que la condición necesaria y suficiente para que un partido sirva eficazmente al bien público es que acumule una gran cantidad de poder.
Pero, debido a la ausencia de pensamiento y a la impotencia moral que esa ausencia produce, el partido se ve empujado a una necesidad creciente de poder, incluso cuando ya lo ha obtenido. Así se evidencia, según Weil, la tendencia totalitaria de los partidos.
Sería impensable —y probablemente censurable— que alguien afiliado a un partido declarase: “Cada vez que examine un problema político o social, me comprometo a olvidar por completo que soy miembro de tal grupo y a preocuparme exclusivamente por discernir el bien público y la justicia”. Sus correligionarios lo acusarían de traición, y mucha gente se preguntaría por qué se afilió en primer lugar.
Weil advierte que, a causa del prestigio del poder, las instituciones que controlan la vida pública influyen siempre sobre la totalidad del pensamiento de un país. Ya casi no queda ámbito en el que se piense sin tomar posición “a favor” o “en contra” de una opinión determinada. Primero se toma partido; después se buscan los argumentos. Es la transposición exacta de la adhesión partidista. Tomar partido ha sustituido a la obligación de pensar y debatir.
La película Torrente presidente, de Santiago Segura, hace, con su habitual humor casposo, una disección de la corrompida realidad política española. Es una sátira incómoda, quizá la única producción comercial española reciente que se ha atrevido a mirar de frente esa degradación. Y eso, por sí solo, ya dice algo del estado del cine español.
En la película aparece incluso algún expresidente de templanza y acento gallego, quizá dispuesto a coincidir con aquel célebre “M. R.” en que en política hay que decir siempre la verdad.
Hay un denso aire del pensamiento de Weil en la película de Santiago Segura. Probablemente sea casual. Parte de la izquierda ha tratado de denigrarla por la actitud y la esencia casposa de su protagonista, calificándola de facciosa y machista. Pero esa reacción tal vez confirma el problema: cuesta distinguir entre representar una miseria y celebrarla.
Torrente presidente, por el contrario, alerta de algo que lleva mucho tiempo ocurriendo a nuestro alrededor y que preferimos no ver: la política convertida en espectáculo, el partido convertido en fin, la adhesión sustituida al pensamiento y la verdad sacrificada ante la utilidad.
Simone Weil ya lo vio en 1940 cuando escribió Contra los partidos políticos, publicado ahora por Altamarea en traducción de Aníbal Díaz Gallinal.

Contra los partidos políticos. Simone Weil.
Altamarea, 2024
Traducción de Aníbal Díaz Gallinal
72 páginas
10,90 euros